Cerveza, frio y salitre 3
El lunes y el martes tuvieron la densidad pegajosa del alquitrán frío. En la metalúrgica, cuando se te mete una idea fija en la cabeza, el ruido de las prensas deja de ser un sonido de fondo y se convierte en un taladro que cuenta los segundos de a uno. Adrien pasó horas metido adentro del mameluco, cortando perfiles de acero, esquivando las chispas de la amoladora y sintiendo que las agujas del reloj de la pared avanzaban con la lentitud de una marea baja.
Para colmo, el miércoles arrancó torcido desde temprano.
—Gotea abajo del flexible del agua caliente, Adrien —le había dicho su madre por teléfono a las ocho de la mañana, con ese tono de queja resignada que manejaba como un arte—. Si no venís a mirarlo se me va a levantar todo el parquet del pasillo, y tu hermana esta a 1000km de distancia.
Adrien se levantó con dolor de cabeza, se puso un pantalón de fajina y cruzó las treinta cuadras hasta la casa de su vieja con la caja de herramientas en el baúl. Pasó tres horas enteras metido abajo del lavamanos del baño, con la espalda apoyada contra las baldosas heladas, tragando óxido y renegando con una rosca de bronce barrida que no quería sellar ni con tres vueltas de teflón. Para cuando logró que no cayera una sola gota y se comió dos milanesas frías que su madre le metió en un táper «para que no gaste plata en porquerías», ya eran las doce del mediodía y tenía que salir volando para la fábrica.
Fichó la salida recién a las siete de la tarde. Tenía el cuerpo molido, un nudo de tensión en las vértebras lumbares que le tiraba hasta la pierna derecha y las manos con restos de sellador y grasa mineral que no salían ni con solvente.
Pero tenía una ventaja: el jueves entraba en el turno noche, a las siete. Tenía toda la madrugada por delante y la mañana y tarde entera para dormir de un tirón.
Pasó por el supermercado grande antes de volverse a su casa. Esta vez no fue al kiosco de la esquina. Compró dos paquetes de seis latas de la cerveza roja —la que a ella le había gustado—, un paquete nuevo de cigarrillos rubios para reponer el que se le estaba por terminar, y en la tienda del centro se paró diez minutos frente a la vitrina de importados hasta que encontró lo que buscaba: dos cajas rectangulares de bombones finos, de esos que venían con una cubierta crocante de avellanas y envueltos en papel aluminio dorado brillante.
—¿Es para regalo, jefe? —le preguntó el cajero, alcanzando una bolsita de fantasía con un moño rojo.
—No, dejalos así sueltos en la bolsa nomás —respondió Adrien, pagando en efectivo.
Llegó a su departamento, se pegó una ducha con el agua hirviendo para aflojar el espasmo de la cintura, se tomó dos mates amargos de pie en la cocina y se tiró en la cama con la ropa puesta a descansar los ojos. Se despertó solo a la una y media de la madrugada, con el silencio de la casa pesándole en la nuca y el viento de la costa golpeando las persianas.
La noche del miércoles estaba despejada, pero el frío era más seco, de esos que te entumecen las articulaciones apenas pisás la vereda. Adrien se calzó la campera de abrigo, se ajustó el gorro de lana hasta las cejas y bajó las escaleras con la bolsa pesada balanceándose en su mano derecha.
El camino por la costanera estaba desierto. Ni un alma. Solo el parpadeo lejano de las boyas del canal y el olor penetrante a salmuera y a puerto viejo.
Bajó a la playa, sintiendo el crujido de la arena congelada bajo las suelas de los borceguíes, y encaró la pasarela de madera. Con cada paso sobre las tablas de quebracho, el corazón le fue apurando el ritmo, un golpeteo sordo y ridículo que no tenía nada que ver con el esfuerzo físico.
Llegó al final del muelle.
Ahí estaba.
Reona ya lo estaba esperando. Estaba sentada con casi medio cuerpo sobre el borde, apoyada de espaldas contra las barandas de seguridad, con la aleta caudal azul zafiro meciéndose sobre el agua. Tenía el pelo rojizo atado en una trenza floja que le caía sobre el hombro izquierdo, dejando al descubierto la línea blanca de su cuello y las finas hendiduras de las branquias.
Apenas escuchó sus pasos, levantó la cabeza. Sus ojos violetas lo encontraron en la penumbra con una chispa inmediata, hambrienta y divertida.
—Llegás tarde, Adrien —dijo ella, con esa voz clara que parecía flotar sobre el agua sin esfuerzo—. Ya me estaba por comer una gaviota del aburrimiento.
Adrien soltó una bocanada de vapor blanco por la nariz y se dejó caer sobre las tablas a un metro de distancia, apoyando la espalda contra la baranda de madera con un quejido sordo.
—Son las dos clavadas, sirenita. Y vengo de estar tres horas metido abajo de una pileta de baño arreglándole una canilla a mi vieja antes de entrar a la fábrica. No me pidas milagros con la cintura que tengo.
—Pobre humano… se le oxidan las tuercas —se burló ella, acomodándose sobre las maderas con un movimiento elástico de las caderas que hizo brillar las escamas bajo la luz de la luna—. A ver qué trajiste. Más vale que haya comida de verdad esta vez.
Adrien abrió la bolsa de plástico y sacó las dos cajas doradas. Se las puso sobre el regazo desnudo.
Los ojos de Reona se abrieron como platos. Agarró una de las cajas, la giró entre sus dedos largos y acarició el envoltorio brillante con la punta de las uñas, fascinada por el reflejo metálico.
—¿Esto es lo que pedí?
—Chocolate con avellanas. —dijo Adrien, abriendo el paquete de cigarrillos nuevos y sacando dos—. Abrilo con cuidado, no seas salvaje.
Reona rompió el plástico transparente con los dientes sin ningún tipo de delicadeza, sacó uno de los bombones dorados, lo desnudó del papel aluminio en dos segundos y se lo metió entero en la boca.
Cerró los ojos. La mandíbula se le detuvo a mitad de la primera masticación.
Adrien se quedó mirándola de costado mientras encendía su pucho. El silencio duró cinco segundos.
—Dioses del abismo… —susurró ella, abriendo los ojos violetas, que ahora brillaban con una intensidad casi salvaje—. Esto es una locura, Adrien. Es cremoso… y cruje. Tiene pedacitos de madera dulce adentro.
—Son frutos secos, Reona. Avellanas.
—Me importa una mierda cómo se llamen. Es lo más rico que comí en toda mi existencia —dictaminó, y sin esperar un segundo más, peló el segundo bombón y se lo mandó a la boca con una voracidad que le manchó la comisura de los labios con una línea marrón de chocolate derretido.
Adrien soltó una risa seca, negando con la cabeza. Sacó dos latas de cerveza roja, abrió la primera con un chasquido limpio y se la alcanzó.
—Tomá. Para bajar el empalago. Y déjame alguno, que no fueron baratos.
Ella agarró la lata con una mano y con la otra le sacó el cigarrillo de los labios a Adrien, dándole una pitada profunda antes de devolvérselo con una sonrisa manchada de chocolate.
—Qué servicio completo que tenés, obrero. Te voy a tener que dar propina.
—Con que no me tires al agua estamos a mano —respondió él, dándole un sorbo a su propia cerveza.
La primera media hora se pasó volando entre charlas sueltas y el sonido constante del mar golpeando los pilotes. Reona le preguntó cómo habían estado sus días. Adrien, fiel a su estilo, le resumió las setenta y dos horas en una lista de quejas mundanas: el delegado del gremio que no daba la cara por el aumento, el precio de la nafta, el dolor en los omóplatos por cambiar la junta del lavamanos y el frío que se colaba por las ventanas del departamento. Cosas simples, grises, que para ella parecían historias de otro planeta.
—Son tan complicados para vivir… —comentaba ella entre bocado y bocado, liquidándose media caja de bombones sin pestañear—. Tienen que apretar tornillos para conseguir papeles, para darle los papeles a otro tipo que les da comida, para comerse la comida adentro de una caja de cemento… Nosotras tenemos hambre, bajamos veinte metros, cazamos algo que nade más lento y a otra cosa.
—Sí, pero ustedes no tienen chocolate —retrucó Adrien, señalando la caja dorada.
—Punto para tu especie —concedió ella, relamiéndose los dedos largos con devoción.
Pero a medida que la noche avanzaba, Adrien empezó a notar algo raro.
Reona estaba tomando rápido. Demasiado rápido.
Para cuando él apenas iba por la mitad de su segunda lata, ella ya había aplastado cuatro cilindros de aluminio contra la madera del muelle con la fuerza casual de sus dedos. Se la notaba inquieta, moviendo demasiado la cola sobre el agua, ajustando sus caderas sobre la madera, recostándose boca arriba para mirar las estrellas. La mirada violeta se le había puesto pesada, brillante, saltando de las olas oscuras a la cara de él con una frecuencia que lo ponía en guardia.
Abrió la quinta lata con un tirón seco. El olor a lúpulo y alcohol se mezcló con el salitre.
—Che —dijo Adrien, apoyando su propia lata a medio terminar en el suelo y frotándose las manos para calentarse—. ¿Qué te pasa por la cabeza hoy? Te noto… acelerada.
Reona dio un trago largo, bajó la lata hasta apoyarla sobre su vientre, justo donde las escamas azul oscuro empezaban a cubrirle la piel blanca, y lo miró de abajo hacia arriba. No se estaba riendo. Tenía esa expresión que Adrien ya le había visto un par de veces: esa intensidad cruda, antigua, que parecía mirar a través de la ropa y de la carne.
—Estaba pensando —dijo ella, arrastrando las palabras con una cadencia suave, casi hipnótica.
—Malo cuando pensás. Siempre terminás diciendo alguna barbaridad.
Reona ladeó la cabeza. El mechón rojo de su trenza se deslizó por su pecho descubierto.
—Si te dijera que puedo hacer que me crezcan un par de piernas… ¿qué dirías?
La pregunta cayó sobre la madera del muelle con el peso de una barra de hierro.
Adrien se quedó inmóvil. El cigarrillo se le consumía entre los dedos. El viento del sur le pegó de lleno en la cara, pero no sintió el frío; sintió un calor repentino y molesto subiéndole por el cuello. La miró a los ojos, buscando el remate del chiste, la carcajada de siempre, la burla sobre los marineros y las redes.
No había nada de eso. La cara de ella estaba quieta, seria, esperando una respuesta.
Adrien tragó saliva, sintiendo la garganta seca a pesar de la cerveza.
—¿Qué querés que te diga? —respondió él, buscando terreno seguro con su habitual tono evasivo.
Reona soltó una risita corta, pero no fue una risa alegre. Fue un chasquido amargo, desafiante.
—Ja… cobarde.
Adrien frunció el ceño por debajo del gorro de lana, acomodándose en las tablas con un crujido de la campera.
—Ok, okey… no sé, Reona. Es una locura lo que estás diciendo. ¿Para qué carajo querrías tener un par de piernas? Si vos misma te pasás la noche diciendo que nosotros somos unos débiles y que caminar sobre el asfalto es una estupidez.
Reona se levanto sin esfuerzo, apoyándose sobre sus brazos, quedando a menos de medio metro de él. La piel de su pecho y sus hombros estaba húmeda, brillando con la luz blanca de la luna, y sus ojos violetas se clavaron directo en las pupilas de Adrien con una fijeza que no dejaba espacio para mirar a ningún otro lado.
—¿Vas a hacer que una dama lo diga, Adrien? —soltó ella, con una voz que bajó una octava, volviéndose ronca, densa, cargada de una sensualidad tan frontal que parecía quemar el aire helado—. ¿Te estás haciendo el tonto o sos más duro que caparazón de tortuga?
El silencio que siguió fue absoluto.
Adrien sintió cómo el pulso se le disparaba contra las costillas. La tensión en el muelle se volvió tan espesa que casi se podía cortar con una tijera de hojalata. La tenía ahí nomás. Podía oler el chocolate en su aliento, el perfume a mar abierto que salía de su piel y ese calor imposible que emanaba de su cuerpo a pesar de ser de sangre fria.
Él no era ningún pibe. Tenía treinta y cuatro años, el lomo curtido de laburar y los desencantos suficientes encima como para no creer en cuentos de hadas. Sabía perfectamente lo que ella estaba insinuando. Sabía lo que significaba esa mirada, esa postura, esa forma de morderse el labio inferior esperando que él diera el primer paso.
Era una invitación sin vueltas. Cruda. Peligrosa.
Adrien apoyó las manos enguantadas sobre los tablones, inclinándose apenas un par de centímetros hacia ella.
—Me gustaría… —murmuró él, con la voz saliendo más baja y rasposa de lo que pretendía.
Reona no parpadeó. Sus pupilas se dilataron hasta cubrir casi todo el violeta de sus ojos. Una sonrisa diminuta, afilada y victoriosa empezó a nacer en la comisura de sus labios.
—¿Qué? —susurró ella, acercando la cara un centímetro más—. ¿Qué te gustaría, Adrien? Sé más específico…
El aire entre los dos vibraba como un cable de alta tensión pelado.
Adrien la miró. Vio la piel blanca, la curva de sus pechos, sus ojos violetas como el neón, las orejas puntiagudas y esa trenza roja que le caía sobre el hombro. Y debajo de todo eso, debajo del descaro, de la seducción milenaria y de la provocación constante… vio la grieta.
Vio la misma soledad que él sentía cuando caminaba a las tres de la mañana por la costanera con seis latas en una bolsa de plástico. Vio una criatura que pertenecía a un mundo inmenso pero vacío, buscando un ancla, jugando a ser algo que no era para no tener que volver a nadar sola en la oscuridad del golfo.
¿Y después de eso, qué?
Si cruzaba esa línea, si le decía exactamente lo que ella quería escuchar, el juego se terminaba. Se rompía la burbuja. Y la realidad —esa realidad pesada de turnos en la fábrica, de alquileres, de inviernos largos y de especies que no estaban hechas para compartir el mismo suelo— les iba a caer encima con el peso de una morsa muerta.
Adrien respiró hondo. El aire helado le llenó los pulmones, enfriándole la sangre lo suficiente como para recuperar el control de las manos.
Sostuvo la mirada violeta dos segundos más, y luego, con una calma que le costó un esfuerzo monumental, soltó una media sonrisa cansada y desvió los ojos hacia la lata que descansaba en la madera.
—Me gustaría ver cómo caminás con dos patas sin caerte de trompa al suelo a los tres metros, sirenita —dijo, aflojando la postura y rompiendo el hechizo con su habitual tono de ironía obrera
La tensión en los hombros de Reona se desinfló de golpe.
No hubo enojo. No hubo un grito. Hubo un segundo de vacilación en sus ojos, una sombra rápida de decepción o de alivio —Adrien no supo distinguir cuál de las dos—, y luego la máscara volvió a su lugar con la velocidad de un párpado cerrándose.
Reona soltó una carcajada fuerte, sonora, que rompió el silencio del golfo, y le dio un manotazo en la pierna que casi le saca el aire a través del jean grueso.
—Sos un imbécil sin remedio, Adrien —dijo ella, echándose hacia atrás y chapoteando con la cola en el agua—. Te salvaste porque el chocolate estaba bueno, si no ya estarías nadando con los langostinos.
—Es mi don natural —respondió él, prendiendo otro pucho para tener las manos ocupadas y calmar el temblor residual de los dedos—. La diplomacia de la fábrica.
A partir de ahí, la noche cambió de ritmo.
Ninguno de los dos volvió a tocar el tema. No hizo falta. El límite invisible había quedado marcado en los tablones de madera, y ambos decidieron, tácitamente, que era mejor quedarse de ese lado de la zanja.
La última hora antes del amanecer la pasaron casi en silencio.
Ya no había chistes sobre los delfines ni preguntas sobre los electrodomésticos. Se fueron terminando las cervezas despacio, lata por lata, compartiendo el humo de los cigarrillos en una quietud pesada y melancólica que no resultaba incómoda. Reona se quedó callada, jugando con su aleta a levantar olas, mirándolo fijamente de vez en cuando con esos ojos violetas que ahora parecían más oscuros bajo la luz de la luna menguante.
De las doce latas que Adrien había llevado en la bolsa, once yacían aplastadas sobre la pasarela. Reona se había tomado siete ella sola, con una tolerancia al alcohol que hubiera dejado en ridículo a cualquier operario de la planta de prensado.
Quedaba una. La última.
Reona estiró el brazo, la levantó de la madera y tiró de la anilla. El tsss metálico sonó como un punto final en la bahía desierta. Le dio dos sorbos cortos, mirando hacia el este, donde una franja grisácea y sucia empezaba a recortar el borde del agua en el horizonte.
Dejó la lata apoyada en el borde.
—Adrien… —dijo, sin levantar la voz.
Él giró la cabeza, con las manos metidas en los bolsillos de la campera de abrigo.
—¿Qué pasa?
—No nos vamos a ver mañana.
Adrien sintió un pinchazo frío en la boca del estómago, pero mantuvo la cara de piedra.
—¿Cuándo entonces?
Reona se movió despacio, se deslizó hacia adelante, apoyó ambas manos sobre los tablones de madera y levantó el torso hasta quedar a la altura de sus ojos.
Se acercó. Despacio. Hasta que su rostro quedó a apenas treinta centímetros del suyo.
Adrien no se movió. No respiró. Pudo ver cada detalle: las pestañas oscuras, el reflejo violeta en sus pupilas dilatadas, la gota de agua salada que le resbalaba por la mejilla pálida y el olor a lúpulo y a mar profundo que salía de su boca entreabierta.
—¿De veras querés verme otra vez? —preguntó ella.
La voz no tenía ironía. No tenía juego. Era una pregunta limpia, clavada directo a los ojos.
Adrien sostuvo la mirada sin pestañear. Sintió el peso de sus treinta y cuatro años, el cansancio de su vida gris, y la certeza absoluta de que esa chica de pelo rojo era lo único real que le había pasado en una década.
—Sí —dijo él, firme.
Reona lo miró un segundo más, como si estuviera grabando su respuesta en el fondo de su memoria marina.
—Próxima luna llena… —susurró.
Y antes de que él pudiera procesar la frase o calcular cuántos días faltaban para que el calendario lunar diera la vuelta, Reona se empujó hacia atrás con una fuerza brutal.
Cayó al agua de espaldas en un estruendo limpio y se hundió de golpe en la negrura del canal.
Adrien se levantó de un salto, sorprendido por la violencia repentina del movimiento. Se acercó a la baranda de madera y se asomó hacia el agua oscura, buscando la estela luminosa de sus escamas.
—¡Reona! —llamó, su voz perdiéndose en el viento de la madrugada.
El agua estaba quieta. Pasaron cinco segundos. Diez.
De repente, a casi treinta metros de distancia, más allá de la rompiente donde las olas empezaban a picarse con la corriente del golfo, la cabeza roja de ella rompió la superficie con un salto limpio. Se sacudió el pelo hacia atrás, brillando con la primera luz pálida del amanecer, y lo miró desde la inmensidad del mar abierto.
—¡Traé un par extra de zapatillas y abrigo! —le gritó con toda la fuerza de sus pulmones, su voz cruzando el agua con una claridad salvaje y desafiante—. ¡Próxima luna llena, Adrien!
Y sin esperar respuesta, metió un coletazo potente que levantó una columna de espuma blanca y se sumergió en lo profundo, perdiéndose hacia la boca del golfo a una velocidad que ningún barco de pesca hubiera podido alcanzar.
Adrien se quedó solo en la punta de la pasarela.
El viento del sudeste soplaba con fuerza, trayendo el graznido de las primeras gaviotas que empezaban a sobrevolar los techos de los galpones del puerto. El sol asomó por el horizonte, una línea dorada y fría que empezó a teñir las olas de color plomo.
Adrien se quedó quieto, con las manos en los bolsillos, mirando el punto exacto donde ella se había hundido.
«Un par de zapatillas extra y abrigo», repitió en su cabeza.
La frase zumbaba en sus oídos con el peso de una promesa y el peligro de un precipicio.
Miró las once latas aplastadas a sus pies, la caja vacía de bombones dorados y la última lata de cerveza que Reona había dejado por la mitad, todavía apoyada sobre la madera húmeda. Se agachó, levantó la lata y se tomó el último trago de un solo viaje. Estaba helada. Sabía a malta, a sal y a despedida.
Juntó la basura, la metió adentro de la bolsa de plástico y encaró la caminata de regreso por el muelle hacia la arena escarchada de la playa.
Tenía casi un mes por delante. Cuatro semanas de fábrica, de turnos rotativos, de mates amargos en la cocina y de cuentas que pagar. Pero mientras subía las escaleras de hormigón hacia la costanera y sentía el sol frío de la mañana dándole en la cara, Adrien Gallan supo que los días ya no iban a ser iguales.
Iba a tener que buscar un par de zapatillas que no usara.
Y una campera que le quedara grande.