Hijos de la pólvora - Capitulo 6: Perros viejos
El cantinero pasaba el trapo sobre el estaño con ademán trémulo, arrastrando los cercos de aguardiente y la ceniza de la pólvora. El frote continuo de la bayeta no alcanzaba a borrar el hedor dulzón de la sangre derramada en la esquina.
Archie permanecía sentado en la banqueta, con la espalda contra la barra. En la sala reinaba una tregua armada: nadie alzaba la voz ni descorchaba otra botella. Los pocos peones miraban sus vasos en silencio, temiendo que cualquier ruido devolviera la mano del forastero a la vaqueta.
El tabernero detuvo el paño frente a los codos de Archie. Miró la mano limpia del jinete junto al vaso vacío y, tragando una saliva espesa, alzó unos ojos desteñidos por el miedo.
—¿Viene buscando camorra, forastero? —preguntó en un susurro.
Archie sostuvo la mirada con calma llana.
—Busco trabajo —respondió con voz seca.
El hombre soltó una larga exhalación y la rigidez de sus hombros cayó de golpe. Desvió la vista hacia el pasillo central, por donde la estela oscura del arrastre de Floyd todavía brillaba fresca entre las junturas del piso.
—Esos tres llevaban medio año sangrando a la comarca —dijo el cantinero, bajando el tono—. Exigían novillos a los rancheros, ginebra gratis a mí y plata a los viajeros de la posta. Nadie decía esta boca es mía porque Floyd rajaba a cualquiera antes de que llegara la ley… Hasta que se tropezaron con usted.
Archie no contestó.
—Si de verdad anda buscando con qué ganarse las habichuelas, cruce la calle —añadió el viejo, apoyando ambas palmas en el estaño—. El alguacil anda escaso de brazos firmes. El condado es ancho, los bandoleros bajan de la sierra cada luna llena y un viejo solo con estrella de latón no basta para imponer orden a tanto desierto.
Archie alzó la mirada.
—¿Cómo se llama el alguacil?
—Holt Jackson.
El nombre cayó en la cabeza de Archie como el golpe seco de un bocado de hierro en las quijadas.
El rostro no le mudó; las facciones permanecieron lisas como una tabla de cedro, pero por dentro algo se tensó con la violencia de una soga en el torno. Seis inviernos llevaba sin escuchar aquel apellido pronunciado en voz alta.
—¿Dónde despacha? —preguntó, manteniendo la voz neutra.
El tabernero señaló hacia la calle con la barbilla.
—Enfrente mismo. La casucha baja de tablas grises, la del letrero descolorido junto al alero.
Archie extrajo una moneda de plata del bolsillo y la dejó caer sobre el mostrador; el sonido del metal saldó la cuenta del trago. Se puso de pie sin prisa, acomodó la canana sobre la cadera derecha para calzar el peso natural del revólver y echó a andar hacia la salida.
A su paso, las pocas miradas que se cruzaron con las suyas cayeron de inmediato hacia el suelo. Ningún hombre respiró hasta que las puertas batientes crujieron ante sus hombros y el resplandor de afuera lo envolvió en una vaharada de bochorno.
El calor del mediodía caía a plomo sobre el polvo de la vía. El rumor del tiroteo se había propagado como un incendio y el caserío entero contenía el aliento.
Archie bajó los tres peldaños crujientes y pisó la tierra batida.
A ambos lados del camino, la faena cotidiana se había detenido en seco. En la fragua, el herrero mantenía el mazo suspendido sobre el yunque, mirándolo con el ceño fruncido; en la tienda de abarrotes, una mujer tironeó de su hijo hacia el zaguán mientras el chiquillo contemplaba maravillado el revólver enfundado; en el porche de la barbería, tres ancianos habían dejado de mascar tabaco al unísono, fijos en el forastero como sombras de arcilla.
Archie no apuró el tranco. Avanzó en línea recta, cortando el polvo con la puntera de las botas y sintiendo la procesión de miradas clavadas en su nuca. Aquel recelo no le pesaba; era el peaje habitual del plomo recién derramado. Lo que en verdad le mordía las entrañas era el pasado que lo aguardaba tras las tablas de enfrente: un poso agrio de fogatas apagadas, diligencias asaltadas al amanecer y olor a pólvora húmeda en las sierras.
Se detuvo ante la caseta del alguacil.
La construcción era un cajón miserable de tablas de pino resecas por el viento del norte. Sobre el dintel colgaba un madero carcomido donde apenas se adivinaba la palabra Sheriff pintada en caracteres negros y cuarteados. Archie subió el peldaño gastado, apoyó la palma izquierda en la madera maciza de la puerta y empujó hacia adentro.
El interior olía a café viejo, humo rancio de pipa y pliegos apolillados. Un rifle Winchester descansaba limpio y aceitado contra el rincón. Detrás de una mesa de roble colmada de órdenes de captura amarillentas, un hombre alzó la cabeza de un papel arrugado al sentir el crujido de las suelas en la tarima.
La claridad de la ventana le iluminó el semblante de lleno.
Archie se frenó en seco, con los músculos en guardia bajo la camisa sudada.
Era él.
Diez inviernos no habían borrado la cicatriz honda que le partía la ceja izquierda ni la quijada cuadrada de mastín viejo. Había ganado volumen en los costados y la barba entrecana le sombreaba las mejillas, pero en el chaleco de paño brillaba limpia una estrella de latón pulido.
Holt Jackson se quedó de piedra en la butaca de mimbre. Sus ojos recorrieron el sombrero gastado de Archie, la barba rala y la mano diestra suspendida a una cuarta de la funda. Apoyó ambas palmas en el escritorio con tanta fuerza que los papeles crujieron.
Durante diez segundos eternos, ninguno de los dos respiró. El silencio en el cuarto fue denso como una fosa abierta.
Ninguno amagó el desenfunde. Eran dos perros viejos que se sabían de memoria las mañas y las dentelladas del otro; sabían que si uno tocaba el hierro, ambos saldrían de aquella caseta dentro de una caja de pino.
Holt soltó una bocanada de aire áspero por la nariz. Su voz sonó profunda, gastada por el tabaco:
—Maldita sea mi estampa, Archie… ¿Qué demonios estás haciendo en este valle? —El alguacil endureció el tono—. Si vienes de parte del viejo, ya puedes ir diciéndole a Gilbert que aquí mando yo y no tolero gavillas de ladrones.
Archie sostuvo la mirada de su antiguo socio sin pestañear. La respuesta le brotó de la garganta seca con la frialdad de una losa:
—Mi padrastro está muerto.
Holt guardó silencio. Las facciones pétreas parecieron aflojarse una fracción de segundo, desconcertadas por la noticia.
—Y en el infierno —remató Archie.
El alguacil bajó la vista a las vetas gastadas de la mesa, asimilando el fin del hombre que había sido amo y señor de sus juventudes violentas.
—Siempre supe que Gilbert acabaría con plomo en la tripa —murmuró al cabo, frotándose la cicatriz de la ceja con el pulgar—. La sorpresa es que haya tardado tanto.
Se recostó contra el respaldo de mimbre, que gimió bajo su corpachón, y clavó en Archie unos ojos cargados de recuerdos amargos.
—Pensé que te habías quedado en los pantanos —dijo al fin—. O colgado de un álamo.
—Yo pensé lo mismo de ti —repuso Archie con voz plana.
Ninguno sonrió. En aquel reencuentro no cabían las palmadas en la espalda ni las nostalgias baratas. El sheriff dejó escapar un suspiro cansado que le removió el bigote.
—Los tiempos cambian, muchacho.
Archie paseó una mirada lenta por la modesta oficina: las órdenes de arresto clavadas en las vigas, el rifle aceitado con pulcritud y, por encima de todo, la estrella de latón que brillaba prendida en el chaleco de Holt.
—Algunos tiempos —dijo Archie—. Otros se quedan igual.
Holt lo miró de arriba abajo, comprendiendo al instante lo que acababa de ocurrir al otro lado de la calle.
—Oí tres disparos limpios en la cantina hace diez minutos. Uno tras otro. Plomo certero.
Archie no mudó el semblante de piedra.
—Los hombres de Floyd eran descuidados con las manos.
Holt soltó una risa seca, desprovista de gracia, que le retumbó en el pecho.
—Sigue siendo la misma puntería del demonio. La escuela de Gilbert Troy no se olvida fácil, ¿verdad?
Archie no respondió. Se quedó quieto en el centro del despacho, con los fantasmas de la vieja banda llenando la penumbra en silencio, mientras afuera, bajo la resolana de plomo, el caserío seguía aguardando a ver cuál de los dos soltaba el siguiente tiro.