Las mujeres escondidas en el Trampolín: «Mi padre me pegaba. Aquí han intentado agredirme»
Dikra y Aya caminan juntas por la carretera que bordea el Trampolín. Van vestidas con pantalón largo y sudadera a pesar del calor. En los pies, chanclas. Sujetan una bolsa en la mano con comida que acaban de comprar en el zoco de la playa. Un kilómetro de puestos en los que inmigrantes han revendido durante semanas ropa, zapatos, accesorios, pan, galletas, embutidos, huevos y yogures que soportan horas y horas al sol. En los últimos días la Policía Local de Ceuta lo ha ido desmantelando. Las dos chicas llaman la atención enseguida. Se ven muy pocas mujeres en la zona del Trampolín. La mayoría de ellas, igual que los menores de edad que llegaron en la avalancha de finales de julio, han sido trasladadas a campamentos más seguros. Otras se agolpan a las puertas de esos asentamientos en tiendas de campaña esperando que les toque una plaza. No hay para todas. El Gobierno es incapaz de cuantificar a los inmigrantes ilegales que llegaron a la ciudad autónoma y que siguen aquí. Un recorrido basta para ver que hay miles en las calles.El Trampolín se ha convertido en el principal símbolo de esta crisis. Igual que ocurre en otros puntos de la ciudad, resulta intimidante. Uno de los motivos es, precisamente, la masa de hombres que se ve. La pregunta que salta a la vista: ¿dónde están las mujeres aquí? La mayoría de chicos que se concentran en la playa no hablan español. Gestos, palabras sueltas en inglés y en francés. Responden a la pregunta señalando con el dedo la parte final del paseo, junto a la antigua fábrica de Guano. Allí hay decenas de tiendas más improvisadas con palos y sábanas. Y ya se ven mujeres. También hay niños.Dikra tiene 23 años y Aya, su hermana pequeña, 17. Vienen de Tetuán. La mayor tiene teléfono móvil. La conversación es posible gracias al traductor. Las dos ponemos árabe-español. Huyeron de la violencia de su casa al escuchar que se podía cruzar a España. Corrió la voz, lo leyeron en redes sociales. «Nuestro padre nos pegaba. Mi madre y dos hermanas más siguen allí. Nosotras decidimos marchar». En el Trampolín duermen en una chabola con otro matrimonio mayor y una niña pequeña. «No somos familia. Pero ahora estamos juntos». Durante la conversación, incertidumbre y miedo constantes. Repiten que su objetivo es llegar a uno de los campamentos donde están las mujeres concentradas. Quieren salir de la playa. Especialmente Aya, que es menor de edad. «Aquí han intentando agredirnos sexualmente». La frase hace crujir el traductor y la cara también les cambia.Arriba, Dikra y Aya en el Trampolín. Abajo, Samira con su hija en las Naves. ABCLas agresiones sexuales y la prostitución sobrevuelan el Trampolín, según reconocen algunos inmigrantes y varios taxistas que recorren la ciudad cada día y también por las noches. Ellas dicen que aguantarán, pero la situación se complica cada vez más. Llevan 59 días en esa playa. El viernes la Policía Nacional detuvo a tres inmigrantes marroquíes allí mismo por haber retenido presuntamente y en contra de su voluntad a dos menores durante toda la noche del jueves. Desde la avalancha de julio los órganos judiciales de Ceuta han abierto 37 procedimientos por agresión sexual, 14 de ellos afectan a chicas menores de edad.Como el resto de inmigrantes que llegaron a nado entre el 30 y el 31 de julio, la última de sus intenciones es regresar a Marruecos. «No, no. Marruecos no. España». La idea que tanto repiten en privado en el Gobierno —que la mayoría de inmigrantes acabará volviendo por su propio pie al país vecino— se desmonta con facilidad en cuanto hablas con muchos de ellos. Nadie quiere regresar. No importa el frío, el hambre, la lluvia, las peleas o las heridas. Lo que también sabe la inmensa mayoría es que los menores cuentan con especial protección en España. Y a eso se agarran para pensar que terminarán en la Península. El Centro Ecuestre de la ciudad —lo que todos llaman la Hípica— es otro de los asentamientos para mujeres inmigrantes. Pero las plazas son limitadas y eso ha hecho que muchas de ellas —entre 23 y 30 años, algunas con niños— hayan acampado en la puerta. DesesperaciónVienen de muchas ciudades de Marruecos. Casablanca, Tetuán, Tánger. «Cada lunes me dicen que ya me va a tocar y nunca pasa», dice Aisha. Comparten tertulia entre ellas, a veces bajan a la playa a darse un baño. Lavan la ropa en un barreño con agua embotellada e improvisan un tendedero. También discuten entre ellas. Se pelean. Hay cansancio. Las ONG que trabajan en la ciudad —y que están provocando mucho malestar entre los vecinos— les proporcionan tiendas de camping. Ellas también se quejan de los intentos de otros inmigrantes que tratan de atacarlas cuando suben al monte a hacer sus necesidades. Se dejan fotografiar solo de espaldas.Samira tiene 32 años y su hija, cinco. Evitó el centro de menores para no separarse. La alternativa en un lugar donde el olor es insoportable y las moscas te rodean Cerca de Loma Colmenar —un punto caliente donde los conflictos no dejan de crecer y los vecinos están desesperados— hay otro asentamiento improvisado para chicas. A pocos metros está el Hospital de Ceuta. Un campo deportivo alberga otras tiendas improvisadas. Allí dos mujeres jóvenes se depilan las cejas y se entretienen poniéndose pestañas postizas. «Algo tenemos que hacer. Esto es desesperante». Llevan allí casi dos meses enteros. Rondan la veintena, menos una, que tiene 17 años. Llegó sola a nado. Su padre se quedó en Marruecos con su hermana mayor, que ya está casada, y su madre murió en 2023. Intenta estar al día de los procesos de filiación. Sabe que tiene que entrar en el sistema. «Pero aquí no viene nadie a preguntar», dicen a su lado. El Trampolín, símbolo de esta crisis, resulta intimidante. La pregunta salta a la vista: «¿Dónde están las mujeres aquí?»Junto a la mezquita de Sidi Embarek, la más importante de la ciudad, hay un campamento más destinado a unas 300 mujeres. La imagen impresiona. Muchas inmigrantes aseguran que en la barriada del Príncipe —una zona que ya era muy complicada antes de la avalancha de julio— otras chicas se esconden en casas. En El Príncipe hay demasiadas incógnitas por resolver: mujeres acogidas en viviendas de supuestos conocidos, mano de obra ilegal y advertencias de organizaciones sociales de que la trata de mujeres se está produciendo. En las Naves del Tarajal , un polígono que ahora alberga a cientos de personas, también hay familias completas. Muchas mujeres y niñas muy pequeñas. «Este lugar sí que está podrido», dice un taxista que acude a la zona a diario. Entre escombros aparece Samira, 32 años, y su hija de cinco. Pronto cumplirá seis. Ha decidido no llevarla a un centro de menores para que no haya opción de separarlas. La alternativa ha sido permanecer en un lugar donde el olor es insoportable y las moscas te rodean. El agua y la comida llegan con dificultades. La niña juega con un patinete que ha encontrado. Vivían muy cerca de Castillejos y cuando vieron el tumulto que se organizaba decidieron cruzar la frontera. Tienen esperanzas, aunque en Ceuta hay muy pocos motivos para mantenerlas.