Nadal no pierde ni en broma
Desde aquel 20 de noviembre de 2024 han pasado 683 días sin él , y se hacía largo. Por eso Rafa Nadal salió a la pista para hacer lo mejor que sabe hacer: jugar y ganar. Era una exhibición, sí, pero el carácter competitivo no descansa ni en la jubilación. Y eso que no, no era aquel que se jugaba cada punto, cada pelota, cada título. Pero qué más da cuando se puede disfrutar un poco más, aunque sea un poquito más, de esa zurda especial , de ese revés afilado, incluso de esas rutinas que no estaban todas, la memoria las completó. Poco tenis, qué más da cuando lo llena todo el sentimiento.«Estamos en una forma increíblemente mala. No obligamos a nadie a que se pudiera preparar de una manea especial. Todo el mundo es capaz de jugar un dobles sin tener que estar al máximo», admitía el balear pocos minutos antes de salir a la pista en la fiesta de su academia que se disputó a duelos de dobles. la Academia de Nadal en Manacor se disputó a duelos de dobles.Marat Safin, Fabio Fognini, Carlos Moyà y Richard Gasquet abrieron el espectáculo, aunque brilló más la nostalgia que el tenis. Pocas ganas de que en un mal giro o en un estirarse de mal el cuerpo gritara, que está para mucho todavía, pero sin pasarse. Salió Nadal, y las 2.000 personas que llenaron la pista arroparon a su héroe, también familia y amigos, que no quisieron perderse unos latigazos más de la leyenda. A su lado, un David Ferrer pletórico, el jugador más en forma de todos; enfrente Dominic Thiem y Andy Murray; en medio, más diversión que tenis.Hubo zurdazos, passing y la esencia de quienes eran. Aunque, claro, muy lejos, lejísimos de aquellos quienes eran. Así lo aceptaba Nadal, entre risas, después de perder su primer punto. «Sí, es un día único por lo que mal que veo jugando. Pero un día bonito para nosotros por lo que se ha construido durante tantos años con el trabajo de tanta gente. Jugar delante de la gente de mi pueblo a pesar de las condiciones en las que estoy».Después de varias pachangas consecutivas, el show llegó a su gran final. El título honorífico se lo jugarían Nadal y Moyà contra Murray y Fognini. Y ahí sí, más concentración, más puntería, más competitividad, más frustración (que a Nadal no le gusta perder ya se sabía, tampoco aquí), más de lo que se recordaba de estos grandes jugadores. El trofeo de campeón se quedó en casa, recibido por parte de Nadal de las manos de David Bisbal que puso el final al décimo aniversario de la academia. Abrazos, agradecimientos y bromas entre unos exjugadores que ya han traspasado la vida deportiva y que disfrutan de la otra, la de la amistad. Que no se les ha olvidado jugar al tenis, aunque en esta celebración apenas era la excusa para algo mucho más importante: volver a ver a Nadal vestido de corto y con la raqueta en la mano.Unas horas antes, en la presentación de los equipos, Nadal dejó apuntes de su vida actual, tranquila con sus dos hijos y sus quehaceres, y sin pensar más allá. «En los dos últimos años he tocado la raqueta cuatro veces y media. He disfrutado estas dos semanas de haber tocado la bola un poco más. Los dolores recurrentes han desaparecido y eso tiene un efecto positivo en el estado mental», subrayaba el balear, aunque apuntaba a alguna cosa más para el futuro: «Creo que sí jugaré alguna exhibición, me apetece. Da un poco de pereza el proceso de preparación, espero que el cuerpo me respete».Nunca digas nunca, subrayaba cuando se le preguntó por dar el paso a ser entrenador: «Mi vida actual no me permite ser entrenador de la manera que requiere ser un buen entrenador y dedicarte profesionalmente a ello. No sé en cinco años qué puede pasar». El hoy, que es lo que importa, ha sido volver a verlo en acción, aunque haya despertado el ayer en una exhibición llena de nostalgia.