Los senderos que se bifurcan en el jardín de Santiago Beruete
**Paseamos y conversamos entre jardines y metáforas con el autor de “Jardinosofía” y ”Verdolatría”, que acaba de publicar “Filosíntesis”, una biblia laica para los que son capaces de encontrar el universo entero en un jardín.**
******Texto y foto: Antonio Iturbe**
En el mundo vegetal Santiago Beruete no sería un cactus porque su naturaleza es acogedora, tampoco un roble fortachón porque es menudo, muy delgado, elástico, de ojos pequeños que brillan mucho; más bien sería una de esas inesperadas flores silvestres, aparentemente frágiles pero tremendamente resistentes, que crecen libres en las grietas de los muros con alambradas de nuestro sistema basado en el consumo y el poder del que más tiene.
_Filosíntesis_ no es exactamente un ensayo porque no está repleto de datos ni estadísticas, sino un artefacto filosófico tramado con mimbres literarios que muestra el jardín como una puerta entre nuestro antropocentrismo que todo lo quiere controlar y esa respiración sagrada de la naturaleza que no está ahí afuera como solemos creer, sino que está dentro de nosotros si somos capaces de escucharla. Es, en cierto modo, un libro místico y sapiencial, que nos dice que “Basta focalizar la atención en algo para que se torne infinito”, pero tomando como única brújula la duda, con un tono demasiado apasionado e incluso abierto en sus interpretaciones del mundo (sin miedo a la contradicción) para ser tomado como una guía santurrona del buen vivir. Nos dice el propio autor sobre el libro: “es fruto de la fertilización cruzada entre jardinería, literatura, filosofía, educación y espiritualidad”. Considera que “Escribir se parece a cultivar. Los surcos de los campos labrados, las hileras de las plantaciones, las filas de árboles, los setos cortados… recuerdan los renglones de un texto”.
Hay que advertir a los lectores: no es un libro de entretenimiento. El entretenimiento (tan necesario a veces) nos saca de nosotros mismos, pero estas páginas lo que hacen es llevarnos hacia dentro. Podría copiar a continuación algunas de las meditaciones del libro, pero eso sería traicionar su espíritu porque las convertiría en aforismos individuales, cuando lo que propone es aprender del mundo vegetal, que no necesita cerebro porque su inteligencia de enjambre consiste en la conexión con el todo.
Le he pedido a Santiago Beruete que conversemos sobre su nuevo libro, _Filosíntesis_ , porque su lectura me ha encendido en los sótanos luces que llevaban demasiado tiempo apagadas, pero en vez de hacerlo a través de Google Meet le propongo traspasar el muro de la pantalla y pasear juntos por algún jardín de Barcelona. Antes de que termine de decirlo ya está bajándose de un avión que ha tomado en Ibiza, pegándose un madrugón para que la mañana cunda. Propone dar un garbeo por el jardín Cervantes, uno de los escasísimos recuerdos de la olvidadiza Barcelona al escritor que con tanta admiración la retrató.
Los jardines están en la parte alta de la ciudad, entre la avenida Diagonal y la Ronda de Dalt. Es temprano y necesitamos café. Doy una vueltas erráticas con el coche pero en esa zona cara de la ciudad no hay bares, solo hay viviendas bunquerizadas por vallas de piedra, colegios en inglés y escuelas de negocios. Antes de que se me trague el tráfico infernal de la Ronda doy un volantazo y me meto en una rampa bajo una P de parking. Sin darnos cuenta nos hemos metido en el aparcamiento del Hospital Sant Joan de Déu, especializado en niños. Un lugar de máxima excelencia médica y humana de los que más orgullosa puede sentirse la ciudad. Con mucho respeto, de puntillas, como para no molestar, subimos a la cafetería de la cuarta planta, que tiene una vista diáfana sobre el tráfico y sobre los jardines. De repente me doy cuenta de la enorme importancia de esos jardines de Cervantes: los niños ingresados y sus padres angustiados podrán ver la delicadeza de sus árboles y sus hileras de rosales florecidos en primavera. En los ventanales hay dibujos serigrafiados en el cristal. Podrían ser dibujos de computadoras, de automóviles o rostros de políticos, pero no; son dibujos de hojas de árboles.
Santiago habla de los beneficios de apaciguamiento para las personas que están pasando malos momentos: “el contacto con la naturaleza nos permite trascender nuestra fragilidad y sentir que pertenecemos a algo más grande. Somos humanos, una palabra que viene de humus, de la propia tierra”. Explica que los médicos forman parte de esos jardineros sin tierra de los que habla en su libro: “Los buenos médicos humanistas que curan pero también cuidan y acompañan son jardineros sin tierra. Lo que ha de hacer el jardinero es acompañar”.
Saludamos con afecto a los padres que nos cruzamos en el pasillo. Beruete no ha tenido hijos, pero ha tenido muchos alumnos a lo largo de 30 años de profesor de instituto (cuenta muchas cosas muy sorprendentes en _Aprendívoros_) y le da una gran alegría irse encontrando con algunos de ellos de manera azarosa al paso de la vida y que lo recuerden con afecto. También forman parte de su jardín.
“Yo he sido un profesor vocacional, lo he disfrutado y lo añoro mucho. He estado dando clases a chavales que se llamaban conflictivos, algunos los mandaban de un centro de menores ¡No puedes estarle hablando de competencias emocionales a un chaval con el padre en la cárcel y la madre perdida! Te encontrabas a un chico que estaba todo el día expulsado, todo el día en bronca, pero veía su potencial porque no venía aquí a aprender lo que le enseñábamos, necesitaba otra cosa. Yo me he dejado la piel, les decía a compañeros: ¡Dejaros de rollos pedagógicos, id a los chavales! Porque yo había tenido una vida muy complicada de chaval, era intelectualmente muy buen alumno pero no habían expulsado a nadie más que a mí: me escapaba de casa, hacía lo que me daba la gana”.
¡No lo habría dicho, con tu apariencia de persona sosegada y serena!, le digo. “Lo he domesticado, pero está ahí, en el fondo”.
Pero no te has endurecido… “Porque yo me he expuesto, pero también he recibido mucho cariño de estos chavales. Nunca he pretendido ser su colega sino su profesor. Mucho de la nueva pedagogía se basa en el amiguismo y sobreproteccionismo a los alumnos. ¡Un grave error! No necesitan manitas en el lomo sino límites claros. Sobreproteger es tan malo como abandonar. Me gustó mucho estar con chicos que no eran fáciles, yo escribo como escribo porque a ellos tenía que hablarles con intensidad”.
Afuera el viento hace cimbrearse los cedros del parque. Le pido que me aclare algo que explica en el libro que me cuesta entender: dices que “la naturaleza no es una realidad física sino una creación humana, un invento cultural”.
¿Pero la naturaleza no era lo salvaje y lo opuesto a eso que mal llamamos civilización?
“La noción de naturaleza que se usa para vender viajes de fin de semana o comida biológica es una creación relativamente reciente. Hace 2.700 años hubo una revolución filosófica, la de los presocráticos. Una revolución cognitiva tan importante como la revolución industrial: el paso del mito al logos, es decir, objetivar las cosas, pasarlas a lo racional. Empezaron a ver el mundo natural, todo lo que les rodeaba, como algo con un orden racional, que era mediable. Los mitos que agitaban el planeta, como aquel rayo de Zeus o la ira de Poseidón, pasaron a ser un mundo gobernado por leyes que se podían predecir y empezó el pensamiento racional. Existe una realidad física, pero lo que nosotros entendemos por naturaleza es una creación sofisticada de la mente humana, un relato cultural construido desde una visión antropocentrista”.
¡Pero los árboles y los musgos están ahí afuera!, insisto tozudamente. “Eso que llamamos realidad, es algo que construye nuestro cerebro. Esta mesa de la cafetería, aunque lo parezca, ni es blanca, ni es sólida ni es estática. Nos dice la Física que la materia está hecha en un 90% de vacío, así que no puede ser sólida, no es estática porque sus átomos están en un frenético movimiento aunque no podamos verlos y el que sea blanca es solo una percepción que inventa el cerebro a una longitud de onda de la luz. ¿Cuál es su realidad? Ese el tema de la filosofía desde la noche de los tiempos. El discurso biologista no se ocupa de esto y me preocupa. Nietzsche nos advertía: los seres humanos no dejarán de creer en Dios mientras no dejen de creer en la naturaleza. No me parece mal que se haga una espiritualidad de la naturaleza, parte de libro está en eso, mucho mejor alternativa a lo que tenemos. Pero dejo entrever que no hemos de perder de vista que eso es una construcción humana también, lo mismo que Dios”.
Nos dices que “cuando no hay nada santo, acabamos adorando el dinero, la imagen, la patria, el ego”. ¿Crees que hemos hecho del “yo” una religión?
“Vivo en la capital mundial del narcisismo: Ibiza. El culto a la imagen, a la apariencia lo es todo. La gente toma drogas sintéticas que expanden la imagen del yo: ser más simpático, más sexi… La naturaleza nos puede enseñar mucho sobre cómo salir de uno mismo y formar parte de algo más grande. Compartimos un antepasado común con las plantas y eso me hace pensar en alguna forma de trascendencia”.
Salimos del hospital con el deseo de que todas las chicas y chicos ingresados salgan de allí y echen a correr por los jardines de Cervantes. La mañana de febrero es fría, nublada y con una leve llovizna intermitente. Los rosales, hay cientos de ellos, están hibernando, pelados, en los huesos, privados de sus vistosas flores, Pero florece algo en mitad de una ciudad: el silencio.
Hay tilos, olivos, encinas, cedros del Himalaya y castaños de indias, cuyos frutos son muy buenos para aplacar la hemorroides. Le pregunto si tiene un árbol predilecto. “Me gusta mucho el algarrobo, por su crecimiento lento, la manera en que nutre el suelo y no lo acidifica como otros, porque eso hace que crezca de todo debajo suyo. En un algarrobo añoso, si metes la mano dentro del tronco le puedes agarrar el corazón porque es puro humus. Se van deshaciendo por dentro y la vida está por fuera. Es un abono natural fabuloso”.
Ese trastear en el corazón de los árboles me indica que no solo eres un filósofo del jardín…
“Yo he plantado jardines, desbrocé un trozo de monte y durante diez años hice y cuidé un jardín, después haría otros jardines, me planteé incluso ser jardinero profesional. Yo no vengo de la teoría, yo he construido la teoría desde la práctica. Me he pasado muchas horas investigando después, pero la matriz fue estar al sol y tener las manos encallecidas. Eso fue un aprendizaje fundamental en mi vida”. Y me dice: Esa dedicación de horas y horas al jardín me salvó. Mi madre había muerto, murió mi padre, mi hermana estaba a punto de morir, me divorcié, dejé de escribir. No solo se puede meditar sentado. Encontré la paz y la inspiración para escribir ahí”.
Nos sentamos en una placeta frente a unos robles pubescentes (así los llaman los botánicos) que están despidiendo las hojas viejas. Nos quedamos callados hasta que le pregunto por algo de lo que habla en el libro: “la gran conversación que mantienen los otros vivientes”, me pregunto, de manera algo zopenca, qué se explican estos árboles que miramos y Beruete, con su paciencia inagotable, me dice que “La ciencia con sus investigaciones en neurología vegetal están llegando a conclusiones que ya conocían los saberes ancestrales que, con otro lenguaje, estaban diciendo lo mismo: que la naturaleza es un todo vivo y todos formamos parte de un macroorganismo. Estamos integrados en una malla más compleja que nosotros mismos, pero nos cuesta entender otros lenguajes que no estén traducidos al nuestro y lo miramos todo con nuestro supremacismo antropocentrista. Nos cuesta bajar del pedestal y darnos cuenta de que no somos los protagonistas de esta historia. El mundo vegetal vivía en la Tierra mucho antes que nosotros. Nosotros sí que los necesitamos porque no podríamos sobrevivir sin ellos, pero ellos podrían vivir perfectamente sin nosotros, incluso mejor”.
Dejamos los espacios abiertos del parque, algo desangelados en apariencia aunque la ardiente vida siga latente oculta a la vista. Nos introducimos en la trama urbana para visitar los Jardines de la Tamarita, tocando a la Avenida Tibidabo. Una finca de dos hectáreas adquirida a principio del siglo XX por un industrial del algodón, que edificó una casa rodeada de jardines con algún camino estrecho donde poder perderse por un momento entre arrayanes, alheñas, laureles, robinias, plataneros, tejos, naranjos amargos, bojes y una jacaranda. Y fuentes que murmullan.
¿Cuándo un jardín ha conseguido ser jardín?
“No puede haber jardín sin que el jardinero haya participado, eso de jardines que se compran y se venden es otra cosa, algo ornamental o de estatus. A un jardín puedes perdonarle todo: ser abigarrado, simple, desigual, pero no puede ser que no produzca emoción”.
Es un lugar hermoso, pero no me quito de la cabeza que es una naturaleza atada, domesticada… “Lo que hace interesante al jardín es no tener una mirada romantizada: es el mayor símbolo cultural de la dominación de la naturaleza. Pero hay una evolución en esa dominación de la caja cerrada de los claustros o los jardines palaciegos que se abrían al cielo y se cerraban al mundo. Hemos pasado a un jardín sin barreras visuales que se une al paisaje. Esa relación ambivalente, contradictoria con la naturaleza se ha escenificado en el jardín y es ahí y en los huertos donde se pueden ver los verdaderos cambios que necesitamos para avanzar: vemos esos jardines en movimiento donde la intervención humana se reduce al mínimo, solamente acompañar a las plantas para que vayan creando espacios, la agroecología, la permacultura y la biodiversidad, la colaboración redunda en mayor beneficio para todos. En el jardín está la tensión entre dominar a la naturaleza o imitarla. Es un buen lugar donde ensayar formas sobre cómo habitar la tierra”.
No puedo evitar preguntarme si no hay cierta soberbia en el acto de quitar las llamadas malas hierbas del jardín porque no nos parecen bellas… “El jardinero más influyente de las últimas décadas, Gilles Clemont ha abogado por el jardín en movimiento. El Parque Citroën de París lo han sembrado las aves, el jardinero tan solo cuidan que no se desmadre”.
Le cuento que tengo un patio con algunas plantas descuidadas. No me gusta mucho podarlas. ¿Les dolerá cuando las podamos? “Si cortas un trozo se reproducen, no tienen órganos: si te cortan un brazo te invalidan, ellas se regeneran, son más antiguas y más evolucionadas, con un fruto vas a reproducir la planta entera. Su conciencia no es individual. No son individuos, tienen sensibilidad, pero funcionan como un enjambre, es una inteligencia de panal. Pero puede ser que dentro de cien años, igual que actualmente vemos con tan malos ojos los zoológicos, vean igual de mal los jardines botánicos. Pero actualmente la botánica y neurobotánica nos abren el marco mental, nos muestran que hay otras formas de estar y nos hacen entender la humanidad con un concepto más amplio.
Caminamos hacia un pequeño restaurante familiar que sobrevive milagrosamente en una ciudad convertida toda ella en un negocio. Le leo una frase de _Filosíntesis_ : “Toda la palabrería de la sostenibilidad, la economía circular y la cultura regenerativa corrobora a menudo una visión utilitarista y pragmática de la biosfera, y nada dice acerca de cómo restaurar nuestra relación espiritual con los otros vivientes”. Le digo que tal vez algunos ecologistas se molestan. “Es que he estado en muchos congresos y he visto demasiadas veces una cierta superioridad moral, dando consejos éticos a gente que no tiene para llegar a final de mes. La _economía circular_ suplantó a la _sostenibilidad_ y ahora estamos en _lo regenerativo_. Términos que se van usando para seguir manteniendo este estilo de vida insostenible un poco más. Son eufemismos convenientes para seguir haciendo lo mismo. La transformación que hemos de hacer es hacia una conciencia mucho más real del impacto que tenemos en el planeta. Cambiar los modelos de vida y no cambiar las palabras”. Me rebota dentro de la cabeza una de sus frases en el libro “Hemos de aspirar a algo más que a la sostenibilidad: hemos de aspirar a la plenitud”.
¿Y por dónde empezar ese cambio de estilo de vida que nos acerque a la empatía vegetal?
“¡Por la educación! ¡Hay que poner un huerto o un jardín en cada centro!”
Nos sentamos a la mesa. Santiago Beruete pide un clásico de la cocina catalana, importado de Italia: canelones.
Vegetariano no eres… “Como muy poca carne, pero no me declaro vegano ni vegetariano porque detrás de todas esas banderas hay contradicciones palmarias. No se puede mantener el consumo de animales de granja que tenemos: Más del 90% de los animales que existen son animales de granja y las tierras para forraje son un problema. Pero me producen rechazo esas declaraciones de ser vegetariano o vegano como algo de superioridad moral. Va unido a una especie de pureza y eso no me gusta”. Me pregunto por qué es más ético comerse la raíz sintiente de una zanahoria que un besugo. No apostaría por cuál de los dos es más inteligente.
Le pido que me hable de esas tierras que quedan por explorar, que no están afuera sino adentro. “No quedan tierras vírgenes, tan solo el espacio exterior, ese sueño de los oligarcas de colonizar Marte. Pero hay otro mundo interior que está dentro de nosotros sin acabar de cartografiar y tal vez esté ahí mucho de lo que buscamos”.
Salimos del restaurante. Llovizna sobre las calles. La gente tiene prisa. Nosotros no, porque no estamos en la ciudad de afuera sino en la de adentro. “Como creador para mí han sido muy importantes los sueños lúcidos. Ese momento en que caen determinadas barreras racionales y se expande la creatividad. Me he despertado en mitad de la noche con cierta idea o determinado texto en mi cabeza. Llevo 30 años en Ibiza pero me siento atlántico, cuando sueño profundamente no sueño con el mar sino con bosques y masas forestales”. Me mira con los ojos brillantes: “Estos libros, de alguna manera, yo los he soñado”.