La montaña mágica: Capítulo II - Thomas Mann
## CAPÍTULO II
### Sobre la pila bautismal y los dos aspectos del abuelo
Hans Castorp no conservaba más que vagos recuerdos de su casa paterna, ya que apenas había conocido a su padre y a su madre. Murieron durante el breve intervalo que separaba su quinto de su séptimo aniversario. Primero falleció la madre, de un modo absolutamente inesperado, en la víspera de un parto, a causa de una flebitis seguida de trombosis; de una embolia (como decía el doctor Heidekind), que había paralizado instantáneamente su corazón. En aquel momento, la mujer reía sentada en la cama, y parecía que a fuerza de reír había caído de espaldas; pero lo que sucedió es que había muerto. Esto no era fácil de comprender para Hans Hermann Castorp, padre, y como sentía un gran cariño hacia su mujer y el hombre no era de una resistencia excepcional, no consiguió superar aquel golpe. Desde aquel momento, su espíritu se turbó y encogió; sumido en una especie de sopor, cometió en sus negocios tales equivocaciones que acarrearon pérdidas sensibles a la empresa Castorp e Hijo; en la segunda primavera que siguió a la muerte de su mujer contrajo una pulmonía durante una inspección que realizaba en los depósitos del muelle a causa de las corrientes de aire del puerto, y como su corazón fatigado no pudo soportar la intensa fiebre, falleció al cabo de cinco días, a pesar de los cuidados que el doctor Heidekind le prodigó. En presencia de un numeroso cortejo de sus conciudadanos, fue a reunirse con su mujer en el panteón de la familia Castorp, que estaba muy bien situado en el cementerio de Santa Catalina, con vistas al Jardín Botánico.
Su padre, el senador, murió al poco tiempo víctima igualmente de una pulmonía, pero tras largos tormentos y luchas, pues, a diferencia de su hijo, Hans Lorenz Castorp era de una naturaleza difícil de abatir y profundamente arraigada en la vida, y en este breve período, hasta la muerte de Hans Lorenz Castorp, el huérfano vivió, escasamente año y medio, en la casa del abuelo. Era un edificio construido a principios del siglo pasado en un solar angosto, siguiendo el estilo del clasicismo nórdico, pintado de un color claro, y con un portalón encuadrado por columnas truncadas. Constaba de un entresuelo, al que se accedía por una escalera de cinco escalones, y de dos pisos superiores cuyas ventanas descendían hasta el suelo y estaban defendidas por rejas de hierro fundido.
No había allí más que salas de recepción, incluyendo el comedor, decorado con estuco, y cuyas tres ventanas, veladas con cortinas de un rojo morado, miraban al pequeño jardín situado detrás de la casa, donde, durante esos dieciocho meses, el abuelo y el nieto comían todos los días a las cuatro. Les servía el viejo Fiete, que llevaba pendientes en las orejas, botones de plata en su casaca y una corbata de batista como la que usaba el dueño de la casa, en cuyas lazadas se hundía también su barbilla afeitada. El abuelo le tuteaba hablando en dialecto, no para bromear, pues no tenía afición alguna al humor, sino con toda sencillez y porque ésta era su costumbre con las gentes del pueblo, trabajadores del puerto, factores, cocheros y criados. Hans Castorp disfrutaba oyéndole, y con no menos placer escuchaba las respuestas de Fiete, también en dialecto, cuando éste se inclinaba para servir a su señor y hablarle junto a la oreja derecha, por la que el senador oía mucho mejor que por la izquierda. El anciano comprendía, se encogía de hombros y seguía comiendo, muy erguido entre el alto respaldo de caoba de la silla y la mesa, apenas inclinado sobre el plato; ante él, su nieto contemplaba en silencio, con una atención profunda e inconsciente, los gestos breves y cuidados con que las bellas manos blancas, delgadas y viejas del abuelo, de uñas abombadas y puntiagudas, que con una sortija de sello verde en el dedo índice derecho preparaba en la punta del tenedor un pedacito de carne, de legumbre o patata, para llevarlo a su boca con una ligera inclinación de cabeza. Hans Castorp miraba sus torpes manos y trataba de imaginar su capacidad para manejar algún día el cuchillo y el tenedor de la misma manera que su abuelo.
Habia otra cuestión que resolver, y era saber si conseguiría llegar a envolver su barbilla en una corbata análoga a la que llenaba la ancha abertura del cuello del abuelo, y cuyas largas puntas rozaban sus mejillas. Para ello debería ser tan viejo como él; por otro lado, ya nadie, a excepción del propio abuelo y el viejo Fiete, llevaba aquellos cuellos y corbatas. Era lamentable, pues el pequeño Hans Castorp gozaba extraordinariamente contemplando la barbilla del abuelo apoyada en el bello nudo de una blancura inmaculada. Con el paso de los años, siendo ya adulto, solía recordarlo y, desde el fondo mismo de su ser, lo aprobaba.
Cuando habían terminado de comer y enrollado sus servilletas en los aros de plata —una tarea que Hans Castorp realizaba entonces con bastante dificultad porque las servilletas eran grandes como manteles—, el senador se levantaba de la silla, que retiraba Fiete, y con paso lánguido se dirigía a su «gabinete» en busca de un cigarro. A veces, su nieto le seguía.
Este «gabinete» debía su existencia al hecho de que el comedor lo ocupaba toda la anchura de la casa y tenía tres ventanas, por lo que no había quedado espacio suficiente para tres salas, como es lo habitual en las casas de este tipo, sino sólo para dos salones, uno de los cuales, perpendicular al comedor y con una sola ventana dando a la calle, hubiese sido de una amplitud desproporcionada. Por eso habían construido un tabique en una cuarta parte de su longitud y así quedó formado ese «gabinete» estrecho, sombrío y amueblado tan sólo con algunos objetos: una estantería en la que había la caja de cigarros del senador, una mesa de juego, cuyo cajón contenía objetos tentadores (como naipes de _whist_ , dados, tabletas de dientes móviles para marcar los puntos, una pizarrita con trocitos de yeso, boquillas de cartón y otras cosas), y finalmente, en el rincón, había una vitrina rococó de palosanto, detrás de cuyos vidrios pendía una cortinilla de seda amarilla.
—Abuelo —decía a veces el joven Hans Castorp al entrar en el gabinete y poniéndose de puntillas para acercarse a la oreja del anciano— , enséñame la pila bautismal, por favor.
Y el abuelo, que ya había separado los faldones de su larga levita y sacado un manojo de llaves del bolsillo, abría la vitrina, de cuyo interior salía un perfume agradable y misterioso que el joven aspiraba. Guardaba allí dentro toda clase de objetos inútiles y atractivos: un par de candelabros torcidos; un barómetro roto, con figuritas talladas en la madera; un álbum de daguerrotipos; una licorera de cedro; un pequeño turco, duro al tacto bajo su vestido de seda multicolor, con un mecanismo de relojería en el cuerpo que en otros tiempos le había permitido andar sobre la mesa, pero que, desde hacía años, ya no funcionaba; un modelo antiguo de buque y, en el fondo, una ratonera. Pero el anciano sacaba del compartimiento del centro una jofaina redonda de plata, muy oxidada, que se hallaba sobre una bandeja también de plata, y mostraba los dos objetos al muchacho, separándolos uno de otro y, acompañando todo con explicaciones ya otras veces oídas.
Originariamente, la jofaina y el plato no pertenecían al mismo juego, como se podía ver enseguida y como el niño volvía a oír; pero habían sido reunidos por el uso (decía el abuelo) desde hacía unos cien años, es decir, desde la compra de la vasija. Ésta era hermosa, de una forma sencilla y noble, muestra del severo gusto reinante a principios del siglo pasado. Lisa y pura, reposaba sobre un pie redondo y estaba dorada en el interior, pero el tiempo no había dejado de aquel oro más que un resplandor amarillo y pálido. Como único adorno, una corona en relieve de rosas y hojas apuntilladas cubría el borde superior. En cuanto al plato, se podía leer su antigüedad mucho mayor, «1650», en cifras sobrecargadas de trazos y toda clase de arabescos realizados a la «manera moderna» de otro tiempo, con una mezcla arbitraria de escudos y entrelazados que eran medio estrellas y medio flores. En el reverso de la bandeja había inscritos los nombres de los cabeza de familia que, en el transcurso de los tiempos, habían sido los poseedores del objeto: ya eran cinco, cada uno con el año de la transmisión de la herencia, y el anciano, con la punta de su dedo índice ornado con el anillo, los designaba cronológicamente a su nieto. Figuraba el nombre de su padre, el del abuelo y el del bisabuelo, y luego se doblaba, se triplicaba, y hasta se cuadruplicaba el prefijo en la boca del narrador, y el joven, con la cabeza inclinada hacia un lado, escuchaba con mirada pensativa y soñadora, sin mover un solo músculo, ese «Ur-Ur-Ur»,[3]^ ese sonido oscuro de muerte y tiempos pasados, que expresaba, sin embargo, una relación piadosamente mantenida con el presente, con su propia vida, y ese pasado profundamente enterrado le producía una impresión extraña que se manifestaba en su rostro. Creía respirar un olor húmedo de cosas enterradas, el aire de la iglesia de Santa Catalina o de la cripta de San Miguel; al percibir aquel sonido le parecía sentir el soplo de esos lugares que invitan al recogimiento y la devoción, a andar con respeto y sigilo llevando el sombrero en la mano. Creía también oír el silencio lejano y pacífico de esos lugares de sonoros ecos; el sonido de aquellas sílabas hacía que mezclara sensaciones sagradas con los pensamientos de la muerte y la historia, y todo eso le parecía agradable. Sí, quizá pedía a su abuelo que le mostrara la jofaina por amor a esas sílabas, para escucharlas y repetirlas una vez más.
Luego el abuelo volvía a colocar la jofaina sobre la bandeja y dejaba que el muchacho observara la concavidad lisa y ligeramente dorada que brillaba bajo la luz que caía del techo.
—Pronto hará ocho años —dijo— que te sostuvimos sobre ella y el agua con la que fuiste bautizado cayó dentro. El mayordomo de la parroquia de San Jacobo, Lassen, fue quien la vertió en la cuenca de la mano del pastor Bugenhagen y de ella resbaló por encima de tu cabeza hasta la jofaina. La habíamos calentado para que no te asustases y, en efecto, no lloraste, aunque antes habías gritado tanto que Bugenhagen a duras penas pudo hacer su sermón. Sin embargo, cuando sentiste el agua te callaste y creo que fue por respeto hacia el Santo Sacramento. Dentro de unos días hará cuarenta y cuatro años que tu padre recibió el bautismo y que el agua resbaló sobre su cabeza y cayó aquí dentro. Fue aquí, en esta casa, su casa paterna, en la sala de al lado, ante la ventana del centro, y fue el viejo pastor Hesekiel quien le bautizó, el mismo que los franceses estuvieron a punto de fusilar cuando era joven, porque había predicado contra sus rapiñas y sus contribuciones de guerra; ése se halla también desde hace mucho tiempo en la casa del Señor. Y hace setenta y cinco años que me bautizaron a mí; también en la misma sala sostuvieron mi cabeza encima de la jofaina, exactamente como está ahora, colocada sobre la bandeja, y el pastor pronunció las mismas palabras que contigo y tu padre, y el agua clara y tibia resbaló de la misma manera por mis cabellos (entonces no tenía muchos más que ahora), y cayó también ahí, en esa jofaina dorada.
El niño elevó la mirada hacia el delgado rostro del anciano, del abuelo que se inclinaba de nuevo sobre la jofaina, como lo había hecho en aquella hora perdida en el tiempo de la que hablaba en ese momento, y la impresión que había sentido otras veces se apoderó de él; una impresión extraña y angustiosa, visionaria; de apacible inmovilidad, de cambiante permanencia, de volver a empezar y de una monotonía vertiginosa; impresión que ya había sentido en otras circunstancias y cuya repetición había esperado y deseado; era en parte por el amor que sentía hacia ella por lo que había querido que le mostrasen la herencia que pasaba, de forma inmutable, de unos a otros.
Cuando más tarde el muchacho pensaba en ello, le parecía que la imagen de su abuelo se había grabado en él con una huella más límpida y profunda que la de sus padres; quizá se debía a su simpatía, o a una afinidad física particular, pues el nieto se parecía al abuelo tanto como un rapaz de mejillas rosadas puede parecerse a un septuagenario canoso y arrugado, que había sido sin duda la personalidad pintoresca de la familia.
Lo cierto es que el tiempo había rebasado la manera de ser y de pensar de Hans Lorenz Castorp mucho antes de su muerte. Fue un hombre profundamente cristiano, miembro de la Iglesia reformista, con sentimientos severamente tradicionales y que encontraba dificultad para adaptarse a las novedades. Tan preocupado estaba de que se mantuviese firme la clase aristocrática admitida al gobierno como si hubiese vivido en el siglo XVI, cuando la menestralía, venciendo la resistencia tenaz de los patricios, tercos en defender sus antiguos privilegios, había comenzado a conquistar los puestos y los votos en el seno del consejo de la ciudad. Su actividad coincidió con una época de desarrollo intenso y transformaciones múltiples; con una época de progreso a marchas forzadas que había exigido atrevimiento y espíritu de sacrificio en la vida pública. Pero Dios sabe que el viejo Castorp no contribuyó a que el espíritu de los tiempos modernos celebrase sus brillantes y trascendentales victorias. Había concedido mayor importancia a las tradiciones atávicas y las antiguas instituciones que a las imprudentes ampliaciones del puerto y otras aberraciones propias de las grandes ciudades; había sosegado y calmado los espíritus allí donde había podido y, si se le hubiera escuchado, la administración tendría todavía ese aspecto idílicamente rancio cuyo espectáculo ofrecían sus propias oficinas.
Tal era la imagen que el anciano, durante su vida y después de ella, mostraba a la mirada de sus conciudadanos, y aunque el pequeño Hans Castorp no entendía nada de los asuntos públicos, sus ojos infantiles, de mirada contemplativa, hacían poco más o menos las mismas observaciones —observaciones mudas y, por consiguiente, faltas de crítica, aunque llenas de vida y que más tarde, como recuerdo consciente, conservaron su carácter hostil a todo análisis verbal, siendo tan sólo afirmativo— . Como ya se ha dicho, la simpatía estaba presente, era una afección y afinidad íntima que a veces franquea la barrera de las generaciones. Los niños contemplan para admirar y admiran para aprender y desarrollar lo que llevan por herencia.
El senador Castorp era delgado y alto. Los años habían curvado su espalda y su nuca, pero él se esforzaba en compensar esa inclinación procurando andar erguido. Al hacerlo, su boca, cuyos labios no podían ya apoyarse en los dientes, pero sí en las encías vacías, pues no se ponía la dentadura postiza más que para comer, se contraía hacia abajo con una dignidad penosamente salvaguardada, y eso determinaba —al mismo tiempo quizá que el cuidado de contener un temblor del labio superior— aquella actitud rígida y severa, aquel gesto de la barbilla que tanto gustaba al pequeño Hans Castorp.
Amaba la caja de rapé —una pequeña caja alargada con estrías de oro— y se servía de pañuelos rojos cuyas puntas pendían a veces del bolsillo trasero de su levita. Aunque esto fuese una debilidad un tanto cómica, parecía una concesión a su avanzada edad, como una negligencia que la ancianidad puede permitirse, tanto si es a conciencia y sonriendo como con la inconsciencia que impone el respeto. En cualquier caso, era la única debilidad que la mirada aguda del joven Hans Castorp pudo observar en la manera de presentarse de su viejo abuelo. Pero tanto para el niño de siete años como más tarde para el adulto, la imagen diaria y familiar del anciano no era su imagen verdadera. En realidad era diferente, mucho más bello y serio que de ordinario, tal como aparecía en un retrato de tamaño natural que hacía mucho tiempo estaba colgado en la habitación de los padres del niño, y que luego se trasladó con el pequeño Hans Castorp a la casa de la explanada, en cuyo salón ocupó un lugar de honor encima del sofá de seda roja.
La pintura mostraba a Hans Lorenz Castorp vestido con el uniforme oficial de senador de la ciudad, y este severo y piadoso atuendo de un siglo acabado, que había mantenido a través de los tiempos una comunidad a la vez temeraria e imponente, había sido conservador para las ceremonias oficiales, a fin de confundir de ese modo el pasado con el presente y el presente con el pasado, afirmando así la solidez de su firma comercial. El senador Castorp aparecía de pie, sobre un embaldosado rojizo, en una perspectiva de columnas y arcos góticos, con la barbilla inclinada y la boca contraída hacia abajo; sus ojos azules, de mirada soñadora, con las glándulas lacrimales dilatadas, miraban a lo lejos; vestía un ropón de aspecto sacerdotal que descendía hasta más abajo de sus rodillas y que, abierto en la parte de delante, mostraba su forro de pieles. De unas mangas amplias y abullonadas salían otras más estrechas y largas, de paño ordinario, y unos puños de encaje le cubrían las manos hasta la mitad. Las frágiles pantorrillas del anciano se hallaban cubiertas con medias de seda negra, y en los pies brillaban unos zapatos de charol con hebillas de plata. El cuello aparecía rodeado de la golilla rígida y acanalada, aplanada en la parte delantera y levantada a ambos lados, bajo la cual una chorrera de batista descendía sobre el ropaje. Bajo el brazo llevaba el antiguo sombrero de ancho reborde, cuya copa acababa casi en punta.
Era un retrato excelente, obra de un artista notable, pintado con el gusto y estilo de los viejos maestros, a lo que se prestaba el modelo, y evocaba en quienes lo contemplaban toda clase de imágenes hispanoholandesas de fines de la Edad Media.
El pequeño Hans Castorp lo había contemplado con frecuencia, sin una visión de experto, como puede suponerse, pero sí con cierta comprensión general, incluso penetrante, y aunque no hubiese visto a su abuelo en persona tal como la tela le representaba más que una sola vez y por un instante, con motivo de una llegada en cortejo al Ayuntamiento, no podía dejar de considerar el cuadro como la apariencia verdadera y auténtica del abuelo, viendo en éste todos los días una especie de interino, de auxiliar, adaptado imperfectamente a su papel. Pues lo que había de distinto y extraño en su apariencia ordinaria se debía a una adaptación imperfecta y tal vez un poco torpe. De su forma pura quedaban restos y alusiones que no se borraban completamente; por eso, aunque el cuello postizo y la larga corbata blanca estaban pasados de moda, era imposible aplicar ese epíteto al maravilloso vestido que evocaba en cierto modo la golilla española. Ocurría lo mismo con el sombrero de alta copa que el abuelo llevaba para salir a la calle y que respondía, en una realidad superior, al ancho sombrero de fieltro del cuadro: al igual que la larga levita de faldones, cuya imagen primitiva y esencial era, a los ojos del pequeño Hans Castorp, la toga bordada y guarnecida de forro de pieles.
Él aprobó, pues, con todo su corazón, que el abuelo apareciese con toda su autenticidad y en su perfección suntuosa el día en que trató de despedirse de él para siempre. Fue en la gran sala, en la misma donde habían comido tantas veces, sentados a la mesa uno frente al otro. Hans Lorenz Castorp se hallaba tendido sobre el túmulo, dentro del ataúd, rodeado de coronas. Había luchado mucho tiempo y tenazmente contra la pulmonía, a pesar de que parecía no haberse adaptado con facilidad a la vida presente. Allí tendido, no podía saberse si era como vencedor o como vencido; pero en todo caso su expresión era severamente pacífica y muy cambiada. La nariz aparecía más puntiaguda a causa de haber luchado tanto tiempo en el lecho de muerte; la cabeza se hallaba levantada por unos almohadones de seda, de manera que su barbilla reposaba agradablemente en la abertura delantera de su golilla ritual, y entre las manos, semicubiertas por los puños de encaje y cuya disposición imitaba una postura natural que producía una impresión de frialdad inanimada, había sido colocado un crucifijo de marfil, de manera que sus párpados entornados parecían contemplarlo sin descanso.
Hans Castorp visitó algunas veces a su abuelo al principio de la enfermedad, pero luego ya no lo había vuelto a ver. Le habían evitado el espectáculo de la lucha que, por otra parte, se desarrollaba casi siempre por la noche; se había sentido únicamente impresionado por la atmósfera angustiada de la casa, por los ojos enrojecidos del viejo Fiete, por las idas y venidas de los médicos; pero el resultado, en presencia del cual se encontraba en el comedor, podía resumirse diciendo que el abuelo había sido solemnemente liberado de su figuración intermedia y que por fin revestía una forma verdadera y digna de él. Era un hecho que había que aceptar, a pesar de que el viejo Fiete llorase y moviese sin descanso la cabeza, y aunque el propio Hans Castorp llorara como lo había hecho en presencia de su madre muerta repentinamente y de su padre, al que, poco tiempo después, también vio tendido, con no menos silencio y extrañeza.
Era, pues, la tercera vez que en tan poco tiempo y a una edad tan temprana la muerte obraba sobre el espíritu y los sentidos —los sentidos principalmente— del pequeño Hans Castorp; ese aspecto y esa impresión ya no eran nuevos para él; por el contrario, le resultaban muy familiares y, como en las dos ocasiones anteriores, se había mostrado muy tranquilo y dueño de sí mismo, en modo alguno a merced de los nervios a pesar de que sentía una aflicción natural. En realidad pareció incluso mucho más tranquilo que las otras veces. Ignorando el significado práctico que esos acontecimientos tenían en su vida, o puerilmente indiferente a ello, en su confianza de que el mundo de un modo u otro cuidaría de él, había dado muestras ante esos ataúdes de una frialdad igualmente ingenua y una atención objetiva que, en la tercera circunstancia, a causa de sus sentimientos y la expresión de la experiencia no estaba exenta de cierta precocidad (pues prescindimos de las lágrimas provocadas por la emoción o el contagio del llanto de los demás, como una reacción normal). Tres o cuatro meses después de que muriera su padre, había olvidado la muerte; ahora la recordaba, y todas las impresiones de entonces se reproducían simultáneamente en su singularidad incompatible.
Resueltas y explicadas en palabras, sus impresiones se habían presentado del modo siguiente: la muerte era de una naturaleza piadosa, significativa y de una belleza triste, es decir, espiritual; pero al mismo tiempo era de otra naturaleza, casi contraria, muy física y material, y entonces no se la podía considerar bella, ni significativa, ni piadosa, ni siquiera triste. La naturaleza solemne y espiritual se expresaba por el suntuoso ataúd del difunto, por la magnificencia de las flores, por las palmas que, como se sabe, significaban la paz celeste; además, y más claramente todavía, por el crucifijo en las manos del abuelo difunto, por el Cristo bendiciendo de Thorwaldsen, que se hallaba sobre la cabecera del féretro, y por los dos candelabros erguidos a ambos lados que, en aquella circunstancia, habían adquirido igualmente un carácter sacerdotal. Todas esas disposiciones hallaban aparentemente su sentido exacto y bienhechor en el pensamiento de que el abuelo había adquirido para siempre su figura definitiva y verdadera. Pero además, como el pequeño Hans Castorp no dejó de notar, a pesar de que no decirlo en voz alta, todo aquello, y sobre todo la enorme cantidad de flores (en particular de tuberosas) tenía por objeto mitigar ese otro aspecto de la muerte que no es ni bello ni verdaderamente triste, sino más bien ruin, indignamente corporal: tenía por objeto hacer olvidar o impedir que la muerte penetrara a la conciencia.
Esa segunda naturaleza de la muerte hacía que el abuelo difunto pareciese tan alejado que, en verdad no parecía en modo alguno el abuelo, sino más bien un muñeco de cera, de tamaño natural, que la muerte había cambiado por la persona y al que se rendían esos piadosos y fastuosos honores. El que yacía allí tendido, o más exactamente, lo que se hallaba allí tendido no era, pues, el abuelo, sino unos restos que Hans Castorp sabía que no eran de cera, sino de su propia materia, y en eso radicaba el carácter mezquino y la escasa tristeza del fenómeno; era tan poco triste como todas las cosas que conciernen al cuerpo y que no atañen más que a él. El pequeño Hans Castorp contemplaba esa materia lisa, amarilla como la cera y de una consistencia caseiforme, de que estaba hecha aquella figura mortuoria de tamaño natural, con el rostro y las manos del que había sido su abuelo. Una mosca acababa de posarse sobre la frente inmóvil y comenzó a agitar sus patitas. El viejo Fiete la espantó con precaución evitando tocar la frente, con expresión sombría, como si no debiese ni quisiera saber lo que hacía. Su expresión se debía aparentemente al hecho de que el abuelo ya no era más que un cuerpo inerte. Pero después de un vuelo ondulante, la mosca se posó bruscamente sobre los dedos del abuelo, cerca del crucifijo de marfil. Y mientras esto ocurría, Hans Castorp creyó respirar, con mayor distinción que hasta aquel momento, la emanación débil y extrañamente persistente que conocía de otras veces que, con gran confusión, le recordaba a un camarada de clase afligido de un mal extraño y por esa causa evitado por todos, y que el olor de las tuberosas tenía por objeto encubrir, sin conseguirlo, a pesar de su penetración y austeridad.
Se halló varias veces en presencia del cadáver: una vez solo con el viejo Fiete; otra con su tío Tienappel, el negociante en vinos, y sus dos tíos James y Peter; luego una tercera vez, cuando un grupo endomingado de obreros del puerto permaneció por unos instantes ante el cadáver para despedirse del antiguo jefe de la casa Castorp e Hijos. Después llegó el entierro, la sala se llenó de gente, y el pastor Bugenhagen, de la iglesia de San Miguel, el mismo que había bautizado a Hans Castorp, pronunció la oración fúnebre. En el coche —el primero de una larguísima fila que seguía la carroza—, el pastor habló muy amistosamente con el pequeño Hans Castorp. Después, esa pequeña parte de su vida terminó y Hans Castorp cambió de casa y familiares por segunda vez en su joven existencia.
### En la casa de los Tienappel y sobre el estado moral de Hans Castorp
No fue para su desgracia, pues a partir de aquel día vivió en la casa del cónsul Tienappel, su tutor, y no le faltó nada, ni en lo referente a su persona, ni en lo concerniente a la defensa de sus intereses, de los que él aún no sabía nada. El cónsul Tienappel, tío de la difunta madre de Hans, administró el patrimonio de los Castorp, puso en venta los inmuebles, se encargó de liquidar la empresa «Castorp e Hijos, Importación y Exportación» y consiguió sacar unos cuatrocientos mil marcos, que eran la herencia de Hans Castorp, y que el cónsul Tienappel colocó en valores seguros, cobrando cada trimestre, a pesar de sus sentimientos afectuosos, un dos por ciento de comisión legal.
La casa de los Tienappel, situada al fondo de un jardín en el camino de Harvestehud, tenía delante una extensión de césped, en la que no era tolerada mala hierba alguna, unas rosaledas públicas y el río. A pesar de poseer un bello tronco de caballos, el cónsul Tienappel se dirigía a pie todas las mañanas a su despacho para hacer un poco de ejercicio, pues a veces sufría de una ligera congestión en la cabeza. A las cinco de la tarde regresaba de la misma manera, después de lo cual se comía en casa de los Tienappel con todo el refinamiento conveniente. Era un hombre relevante que vestía con los mejores tejidos ingleses; tenía los ojos saltones, de un azul acuoso, ocultos tras los lentes de montura de oro; la nariz espléndida; la barba gris de marinero, y un diamante resplandeciente en el delgado dedo meñique de su mano izquierda. Su mujer había fallecido hacía mucho tiempo. Tenía dos hijos, Peter y James. Uno de ellos era marinero y pocas veces visitaba la casa de su padre; el otro trabajaba en el comercio del padre y estaba, pues, destinado a heredarlo. La casa era dirigida, desde hacía muchos años, por Schalleen, la hija de un obrero de Altona, que llevaba en torno de sus muñecas redondas manguitos blancos almidonados. Cuidaba de que tanto el almuerzo como la comida comprendiesen un abundante servicio de entremeses, cangrejos y salmón, anguila, pechuga de oca y tomate catsup para el roastbeef; vigilaba con atención a los criados ocasionales que el cónsul Tienappel contrataba cuando tenía invitados, y ella fue quien, como pudo, hizo de madre del pequeño Hans.
Hans Castorp creció en un mísero clima, entre el viento y la niebla; creció dentro de un impermeable amarillo, si así puede decirse, y lo cierto es que se sentía bien. No obstante, siempre fue un poco anémico, como pudo comprobar el doctor Heidekind, quien prescribió que antes de almorzar, al regresar de clase, se le diese cada día un buen vaso de _porter_ , que el doctor consideraba de un gran valor reconstituyente para la sangre y que, en efecto, dulcificó de un modo sensible el espíritu de Hans Castorp, ayudándole a superar su tendencia a «desvariar», como decía su tío Tienappel, es decir, a quedarse con la boca abierta contemplando las musarañas sin ningún pensamiento sólido. Pero por lo demás era robusto y normal, buen jugador de tenis y un remero aceptable, a pesar de que en vez de remar prefería, en las noches de verano, instalarse ante un vaso en la terraza del club naútico de Uhlenhorst, escuchar la música y contemplar las barcas iluminadas, entre las que nadaban los cisnes sobre el espejo irisado del agua. Y cuando hablaba, plácida y razonablemente, con una voz monótona y un tanto hueca y con un dejo de acento norteño (por otra parte, bastaba una rápida mirada para hacerse cargo de su rubia corrección, de su perfil finamente recortado, con un aspecto peculiar de épocas pasadas y en el que un ceño hereditario e inconsciente se rebelaba bajo la forma de una especie de indolente sequedad), nadie podía poner en duda que Hans Castorp era un producto auténtico y no adulterado del país, y que sabía ponerse brillantemente en su lugar. (El mismo, de haber sido interrogado sobre eso, no hubiera dudado un momento.)
La atmósfera del gran puerto de mar, esa atmósfera húmeda de mercantilismo mundial y bienestar que había sido el aire vital de sus padres, era respirada por él con una satisfacción profunda, casi placentera. Entre las emanaciones del agua, del carbón y el té, con el olfato penetrado por los olores intensos de los ultramarinos amontonados, veía como en los muelles del puerto las enormes grúas de vapor imitaban la tranquilidad, inteligencia y fuerza gigantesca de elefantes domesticados, transportando toneladas de sacos, balas, cajas, toneles y fardos desde los vientres de los buques anclados a los vapores de ferrocarril, y a los depósitos de los muelles. Veía a los negociantes con impermeable amarillo, como el que él llevaba, acudiendo a mediodía a la bolsa, donde se jugaba fuerte, según se había enterado, y donde con frecuencia alguno repartía invitaciones a toda prisa para un gran banquete, a fin de salvar su crédito. Veía (en la que más tarde sería para él la zona más interesante) el bullicio en los astilleros, los cuerpos mastodónticos de los transatlánticos en el dique seco, altos como torres, con la quilla y la hélice al descubierto, sostenidos por vigas recias como árboles, paralizados en su pesada monstruosidad, invadidos por ejércitos de enanos ocupados en rascar, martillear y pintar; veía, bajo las calas cubiertas envueltas en una niebla humeante, alzarse los esqueletos de los buques en construcción; veía a los ingenieros, con sus planos y libros de notas en la mano, dar órdenes a los obreros. Todos aquellos rostros eran familiares a Hans Castorp desde la infancia, y no despertaban en él más que impresiones de bienestar, que se acentuaban los domingos en que comía en el pabellón de Alster con James Tienappel o su primo Ziemssen —Joachim Ziemssen— carne ahumada con tocino, acompañada de un vaso de viejo oporto, y permanecía retrepado en su silla, lanzando con fuerza bocanadas de humo de su cigarro. En esto era completamente normal, le gustaba vivir bien; a pesar de su apariencia anémica y refinada, se entregaba, como un recién nacido a la alegría de los pechos maternos, a los rudos placeres de la vida.
Llevaba, cómodamente y no sin dignidad, sobre sus hombros la alta civilización que la clase dominante de esa democracia municipal de comerciantes transmite a sus hijos. Iba acicalado como un bebé y se hacía vestir por el sastre que gozaba de la confianza de los jóvenes de su esfera. La ropa blanca, cuidadosamente marcada, que contenían los cajones ingleses de su armario, era fielmente administrada por Schallen. Cuando Hans Castorp tuvo que estudiar fuera de casa, continuó enviando su ropa blanca para hacerla lavar y repasar (pues su principio era que, salvo en Hamburgo, no sabían lavar ropa blanca en Alemania). Una arruga en el puño de una de sus camisas de color le hubiera producido una verdadera indisposición. Sus manos, aunque quizá desprovistas de una forma muy aristrocrática tenían la piel fresca y cuidada, ornadas con un anillo de platino y la sortija de su abuelo, y sus dientes, que eran poco resistentes y que le habían hecho sufrir más de una vez, se hallaban enriquecidos con oro.
De pie y al andar inclinaba un poco el cuerpo, lo que no producía en él una impresión muy enérgica, pero su manera de comportarse en la mesa era notable: con el cuerpo erguido se volvía cortésmente hacia su vecino con el que charlaba (razonablemente y con un dejo norteño), sus codos tocaban ligeramente las caderas mientras trinchaba un ala de pollo o extraía hábilmente la carne rosada del caparazón de una langosta con el instrumento de mesa adecuado. Su primera necesidad al terminar la comida era el aguamanil aromatizado; la segunda, el cigarrillo ruso, no controlado por el monopolio y que se procuraba de contrabando. A este cigarrillo seguía un cigarro de una sabrosa marca de Brema llamado María Mancini, del que ya se hablará más adelante y cuyo veneno perfumado se aliaba de una manera muy satisfactoria al del café. Hans Castorp ponía sus provisiones de tabaco a salvo de las influencias nefastas de la calefacción central, conservándolas en la bodega, adonde descendía todas las mañanas para aprovisionar su petaca con la dosis diaria. De mala gana hubiese comido mantequilla presentada en un solo bloque y no moldeada en forma de conchas.
Como se ve, procuramos consignar todo aquello que puede prevenir en su contra, pero le juzgamos sin exageración y no le hacemos ni mejor ni peor de lo que era. Hans Castorp no era un genio ni un imbécil, y si evitamos para definirle la palabra «vulgar», es por una serie de razones que no guardan relación ni con su inteligencia ni con su modesta persona: es por respeto hacia su destino, al cual nos sentimos inclinados a conceder una importancia algo más que personal. Su cerebro respondía a las exigencias del bachillerato, sección de ciencias, sin que tuviese necesidad de realizar un esfuerzo desmesurado que no hubiera estado dispuesto a realizar en ninguna circunstancia ni por ningún objeto, no sólo para no perjudicarse, sino también porque no veía razón alguna para resolverse a ello, o más exactamente, ninguna razón indispensable; y es precisamente por eso que no le llamamos vulgar, pues no tenía en cuenta ninguna de esas razones.
El hombre no vive únicamente su vida personal como individuo, sino que también, consciente o inconscientemente, participa de la de su época y de la de sus contemporáneos. Aunque inclinado a considerar las bases generales e impersonales de su existencia como bases inmediatas, como naturales, y a permanecer alejado de la idea de ejercer contra ellas una crítica, el buen Hans Castorp es posible que sintiese vagamente su bienestar moral un poco afectado por sus defectos. El individuo puede idear toda clase de objetivos personales, de fines, de esperanzas, de perspectivas, de los cuales saca un impulso para los grandes esfuerzos de su actividad; pero cuando lo impersonal que le rodea, cuando la época misma, a pesar de su agitación, está falta de objetivos y de esperanzas, cuando a la pregunta planteada, consciente o inconscientemente, pero al fin planteada de alguna manera, sobre el sentido supremo más allá de lo personal y de lo incondicionado, de todo esfuerzo y de toda actividad, se responde con el silencio del vacío, este estado de cosas paralizará justamente los esfuerzos de un carácter recto, y esta influencia, más allá del alma y de la moral, se extenderá hasta la parte física y orgánica del individuo. Para estar dispuesto a realizar un esfuerzo considerable que rebase la medida de lo que comúnmente se practica, sin que la época pueda dar una contestación satisfactoria a la pregunta «¿para qué?», es preciso un aislamiento y una pureza moral que son raros y una naturaleza heroica o de vitalidad particularmente robusta. Hans Castorp no poseía ni lo uno ni lo otro, no era, por lo tanto, más que un hombre; un hombre, en uno de sus sentidos más honrosos.
Todo esto se refiere no solamente al aspecto interior del joven durante sus años de escuela, sino también durante los años que siguieron, cuando hubo de elegir la profesión burguesa que ejercía. En lo que se refiere a su carrera escolar consignaremos que tuvo que repetir más de un curso. Pero, finalmente, su origen, la urbanidad de sus costumbres y un talento notable, ya que no una pasión, por las matemáticas, le ayudaron a franquear esas etapas, y cuando dio por terminado su servicio voluntario, decidió continuar sus estudios principalmente porque era prolongar un estado de cosas habitual, provisional e indeterminado, que le proporcionaba tiempo para reflexionar sobre lo que desearía llegar a ser, pues se hallaba muy lejos de saberlo. En un principio no lo sabía, y cuando, finalmente, tomó una decisión (aunque sea un poco exagerado decir que él mismo se decidió) comprendió que lo mismo hubiera podido elegir un camino diferente.
Realmente, una sola cosa era verdad: sentía una gran afición por los barcos. Cuando era niño había llenado las páginas de sus cuadernos con dibujos de barcas de pesca, gabarras cargadas de legumbres y veleros de cinco palos, y cuando, a los quince años cumplidos, gozó del privilegio de asistir en un lugar reservado, a la botadura de un nuevo paquebote postal de dos hélices, el _Hansa_ , en los astilleros Blohm & Voss, hizo una pintura, bastante garbosa y exacta hasta en los detalles, de la esbelta nave; pintura que el cónsul Tienappel colgó en su despacho particular y en la cual el verde vidrioso y transparente del mar tempestuoso había sido tratado con tanto amor y habilidad que alguien dijo al cónsul Tienappel que aquello revelaba talento y que Hans Castorp podría llegar a ser buen pintor de marinas, apreciación que el cónsul pudo repetir tranquilamente a su pupilo, pero que Hans Castorp escuchó riendo de buena gana, sin pensar un momento en locuras de bohemio y en ideas poco prácticas.
—Tú no eres lo que se llama rico —le decía algunas veces el tío Tienappel—. La parte principal de mi fortuna irá a parar a James y a Peter, es decir, que todo quedará en casa. Lo que te pertenece está bien colocado y produce una renta segura. Pero vivir de renta, es hoy completamente inútil, a menos que no se tenga cien veces más de lo que tú posees, y si quieres llegar a ser algo y vivir como estás acostumbrado, es preciso que te convenzas de que debes ganar dinero.
Hans Castorp escuchó estas palabras y se preocupó de tener una profesión que le permitiese quedar en buena postura ante él y ante los ojos de los demás. Y cuando hubo elegido fue a instancias del viejo Wilms, de la casa Tunder & Wilms, que, un sábado por la noche, en la mesa de _wisth_ , dijo al cónsul Tienappel: «Hans Castorp debería estudiar la construcción naval, sería una excelente idea y podría entrar en mi casa; yo no dejaría de preocuparme de él» —entonces dio gran importancia a su profesión, considerando que aquello sería, sin duda, un trabajo muy rudo y complicado, pero también una tarea notable, importante y de gran envergadura, y en todo caso infinitamente preferible, para su pacífica persona, a la de su primo Joachim Ziemssen, el hijo de la hermana de su fallecida madre, que quería a toda costa ser oficial. Joachim Ziemssen no tenía, sin embargo, el pecho muy sano, y era precisamente por eso por lo que el ejercicio de una profesión al aire libre, que no exigía ninguna tensión ni ningún esfuerzo intelectual, le era conveniente, como Hans Castorp pensaba, no sin un pequeño gesto de desdén. Sentía un gran respeto hacia el trabajo, aunque personalmente le fatigaba un poco.
Insistimos aquí sobre reflexiones que ya hemos iniciado antes y que nacen de suponer que una alteración de la vida personal por la época es capaz de ejercer una influencia verdadera sobre el organismo físico del hombre. ¿Cómo era posible que Hans Castorp dejase de respetar el trabajo? Esto hubiera ido contra la Naturaleza. Las circunstancias debían hacérselo aparecer como una cosa eminentemente respetable. En el fondo no había nada respetable fuera del trabajo; era el principio ante el cual uno se afirmaba o se mostraba insuficiente, era el absoluto de la época. Su respeto hacia el trabajo era de naturaleza religiosa y, por lo que él podía darse cuenta, indiscutible. Pero se planteaba también la cuestión de saber si lo amaba; eso no podía conseguirlo, por profundo que fuera su respeto, por la sencilla razón de que el trabajo le era difícil. Un trabajo sostenido irritaba sus nervios, lo agotaba rápidamente, y reconocía con franqueza que, en resumen, amaba más el tiempo de libertad, el tiempo sobre el que no pesaba el plúmbeo peso de una labor penosa, el tiempo que se extendía ante él libre y no jalonado con obstáculos que había que vencer rechinando los dientes. Esta contradicción en su actitud respecto al trabajo debía ser necesariamente resuelta. ¿Había que suponer que su cuerpo y su espíritu —primero el espíritu y luego el cuerpo— hubiesen estado más alegremente dispuestos y hubiesen sido más resistentes al trabajo si, en el fondo de su alma, donde él no veía muy claro, hubiese podido creer en el trabajo como en un valor absoluto, como en un principio que respondía por sí mismo, y tranquilizarse con este pensamiento? No planteamos aquí la cuestión de saber si era mediocre o algo más que mediocre, cuestión a la cual no queremos contestar brevemente. Pues no nos consideramos, en modo alguno, como apologistas de Hans Castorp y emitimos la suposición de que el trabajo le molestaba sencillamente para su tranquilo disfrute de los María Mancini.
No fue considerado apto para el servicio militar. Su ser íntimo sentía hacia él repugnancia. Es posible también: que el coronel doctor Eberding, que frecuentaba la villa del camino de Harvestehud, hubiese oído decir al cónsul Tienappel que el joven Castorp consideraba la obligación de llevar las armas como un obstáculo que entorpecía el desarrollo de sus estudios universitarios comenzados fuera de la ciudad.
Su cerebro, que trabajaba lenta y tranquilamente (Hans Castorp había conservado, incluso fuera de Hamburgo, la costumbre sedante de almorzar con el sazonamiento del _porter_), se llenaba de geometría analítica, de cálculo diferencial, de mecánica, de proyección y de grafoestática; calculaba el desplazamiento cargado y no cargado, la estabilidad, la carga de pañoles y el metacentro, a pesar de que esto con frecuencia le costaba mucho. Sus dibujos técnicos, sus planos de ensamblaje, sus trazados de líneas de flotación y sus secciones longitudinales no eran, en modo alguno, tan buenos como su representación pictórica del _Hansa_ en alta mar, pero cuando se trataba de exponer una opinión abstracta por medio de una representación más accesible a los sentidos, de lavar sombras a tinta china y de señalar los cortes transversales con colores indicando los materiales, Hans Castorp sobrepasaba en habilidad a la mayoría de sus camaradas.
Cuando regresaba de vacaciones, muy limpio, muy bien vestido, con un bigotito rubio rojizo en su rostro soñoliento de joven patricio, y aparentemente en camino de alcanzar una posición considerable, las gentes que se ocupaban de los asuntos municipales —y son la mayoría en un Estado municipal que se rige a sí mismo— , sus conciudadanos, le examinaban curiosamente y se preguntaban qué papel oficial llegaría a desempeñar un día el joven Castorp. Había tradiciones, su nombre era antiguo y bueno, y un día u otro era casi seguro que tendrían que contar con su persona como un factor político. Entonces sería elector o elegido y participaría en las preocupaciones de la soberanía y en el ejercicio de un cargo honorífico; pertenecería a una comisión de hacienda, de administración o, tal vez, de arquitectura, y su voz sería escuchada y tenida en cuenta como las demás. Hasta se podía sentir curiosidad de saber a qué partido se afiliaría un día el joven Castorp. Las apariencias podían ser engañosas, pero en realidad tenía un aire completamente diferente de aquel que suele tenerse para que los demócratas cuenten con uno, y el parecido con su abuelo era evidente. Tal vez se parecía en todo a éste y se convertiría en un freno, en un elemento conservador. Era muy posible, pero también lo era lo contrario. Al fin y al cabo, se trataba de un ingeniero, de un futuro constructor de buques, de un hombre del comercio mundial y de la técnica. Era, pues, posible que Hans Castorp se uniera a los radicales, que se presentara como un hombre de acción, como destructor profano de viejos edificios y de bellos paisajes, libre de lazos como un judío, sin piedad como un norteamericano, prefiriendo romper sin contemplaciones con la tradición dignamente transmitida y precipitar al Estado por la pendiente de peligrosas experiencias, que aceptar un desarrollo circunspecto de las condiciones de vida básicas y naturales. Todo era posible. ¿Se atrevería a opinar que Sus Reverencias, cuerdas y sabias, ante las cuales el doble puesto de guardias del Ayuntamiento presentaba armas, sabían mucho más que el vulgo? ¿O estaría dispuesto a apoyar a los ciudadanos de la oposición? En sus ojos azules, en sus cejas de un rubio rojizo, no podía leerse ninguna contestación a todas estas preguntas planteadas por los curiosos conciudadanos, y él mismo, sin duda, no hubiese podido contestar a todo eso que constituía para él una página todavía virgen.
Cuando realizó el viaje durante el cual le hemos encontrado, había cumplido veintitrés años. Tenía, tras él, cuatro semestres de estudios en la Escuela Politécnica de Dantzig, y había pasado otros cuatro en las Universidades técnicas de Brunswick y de Carlsruhe. Recientemente había sufrido su primer examen, sin esplendor y sin aplausos, pero de un modo satisfactorio, y se disponía a entrar en casa de Tunder & Wilms como ingeniero voluntario para conseguir una formación práctica. Pero, al llegar a este punto, su camino adquirió la siguiente dirección:
Ante la proximidad de su examen había tenido que trabajar rudamente y con perseverancia, de tal modo que, al volver a casa, parecía mucho más fatigado que de costumbre. El doctor Heidekind le reñía cada vez que le encontraba, y le exigía un cambio de aires prolongado y completo. Para este caso no era suficiente Norderney y Wyk, en el Foehr, y si se le quería escuchar estimaba que Hans Castorp, antes de entrar en los astilleros de construcción, haría bien en pasar algunas semanas en la alta montaña.
—Me parece muy bien —declaró el cónsul Tienappel a su sobrino, pero si se hacía así, sus caminos se separarían durante el verano, pues un tronco de cuatro caballos no sería suficiente para arrastrar al cónsul a la alta montaña. Ese clima, por otra parte, no le convenía; tenía necesidad de una presión atmosférica razonable, de lo contrario, corría el peligro de sufrir algún accidente. Hans Castorp decidió, pues, marchar solo a la alta montaña. ¿Por qué no iba a visitar a Joachim Ziemssen?
Era un propósito muy natural. En efecto, Joachim Ziemssen estaba enfermo, pero no enfermo como Hans Castorp, sino de un modo verdaderamente desagradable; incluso había tenido un serio contratiempo. Toda su vida había sufrido catarros y fiebres, y un día tuvo un vómito de sangre, y a toda prisa hubo de marchar a Davos, lleno de contrariedad y de desolación, pues acababa de llegar al término de sus deseos. Durante algunos semestres, a instancias de los suyos, había estudiado derecho, pero cediendo a una necesidad irresistible, cambió de intención y se presentó como aspirante a oficial, siendo admitido. Y he aquí que, desde hacía cinco meses, se encontraba en el Sanatorio Internacional Berghof (médico jefe: consejero áulico doctor Behrens), aburriéndose mortalmente, según consignaba en las tarjetas postales. Si Hans Castorp, antes de entrar en casa de Tunder & Wilms, quería hacer algo por su salud, nada más indicado que ir a visitar a su querido primo, lo que resultaría agradable tanto para el uno como para el otro.
Ya en pleno verano se decidió a marchar. Era en los últimos días de julio.
Y salió para pasar allí tres semanas.
> _Continúa en el Capítulo III_