Guerreras celestiales
La brisa de la tarde en el Parque Hidalgo traía consigo el aroma a cebolla picada, vinagre y salsa verde. Angélica, Pamela y Laura caminaban entre los grandes árboles comiendo sus tradicionales guacamayas. Entre risas, masticaban el chicharrón crujiente y le daban tragos largos a sus frías aguas frescas. Decidieron subir a la concha acústica del parque; ahí, jugando a ser estrellas de rock, Laura fingía un solo de guitarra imaginario mientras Pamela y Angélica aplaudían entre carcajadas. La penosa experiencia del salón de clases parecía haber quedado atrás.
Sin embargo, el eco de una explosión lejana cortó la música del ambiente. El suelo vibró con un retumbo sordo y seco, seguido de gritos ahogados que venían desde las inmediaciones. Sin dudarlo, las tres chicas tiraron sus bolsas a la basura y corrieron a toda velocidad hacia el origen del estruendo.
Al doblar la esquina, la escena heló sus sangres. Frente a ellas flotaban al menos doce espíritus humanos. Tenían la piel cobriza, la cara desencajada por un enojo ancestral y vestían únicamente un taparrabo y un trozo de tela amarrado sobre los hombros. Sus ojos refulgían como carbones encendidos en un tono rojo sangre, mientras gritaban rítmicamente en un dialecto gutural, indescifrable y lleno de furia.
Sol apareció de un salto sobre una barda de piedra, con el lomo erizado.
—Son almas de guerreros guamares, descendientes de los temibles chichimecas —explicó el gato celestial con gravedad—. Eran famosos por su ferocidad y la alegría que sentían al combatir. Sus almas quedaron encadenadas a este plano por el odio y el rencor, pues sus tierras sagradas les fueron usurpadas por los conquistadores españoles y sus aliados tlaxcaltecas.
—¡Traten de contenerlos con su luz! —gritó Angélica, intentando que su voz no temblara.
Pamela y Laura extendieron sus manos buscando proyectar sus barreras, pero la inexperiencia les jugó en contra. Los espíritus guamares, inmunes a sus torpes intentos de purificación, soltaron un alarido colectivo en lengua chichimeca. Acto seguido, sus figuras espectrales comenzaron a colisionar entre sí, fusionándose en una monstruosidad deforme de tres metros de altura hecha de tierra, barro podrido y miles de gusanos hirvientes que retorcían su superficie.
El monstruo rugió con una potencia devastadora, rompiendo el pavimento. Las chicas, aterradas ante semejante manifestación de odio, intentaron huir, pero la criatura era despiadada y veloz. Con brazos masivos de fango las embestía, haciéndolas tropezar y caer.
—¡Tengan cuidado! —gritaba Sol desde las alturas—. ¡Son guerreros indomables que no conocen la paz!
Desesperadas, las chicas intentaron planes improvisados: Laura buscó tropezarlo con redes de energía y Pamela crear muros, pero la destreza milenaria del monstruo sobrepasaba por completo su nula experiencia táctica. Superadas y dominadas por el pánico, no tuvieron más opción que replegarse a toda prisa.
En su huida desesperada pasaron cerca de los antiguos Pozos del Fraile. De repente, del fondo de las aguas emergió la figura de un sacerdote español: viejo, calvo, de barba canosa y con las cuencas de los ojos totalmente vacías y sangrientas, habiendo sido arrancados por los mismos fantasmas que lo martirizaron.
—¡Por aquí, hijas mías! —las llamó el espectro con una voz cavernosa.
Las chicas corrieron hacia el fraile, pero el gigante de barro se abalanzó sobre ellas para aplastarlas. En el último milisegundo, gruesas columnas de agua cristalina brotaron de los Pozos del Fraile, impactando de lleno contra el monstruo. La criatura comenzó a disolverse entre alaridos de dolor y una desesperación desgarradora.
—Piden justicia… exigen de vuelta lo que les quitaron —tradujo Sol entre susurros.
Antes de que el barro pudiera reestructurarse, el agua envolvió a las tres chicas y las arrastró con suave firmeza hacia el interior de los pozos.
Dentro de una burbuja de aire protegida por el sacerdote, las jóvenes vieron horrorizadas cómo, afuera, el monstruo intentaba reconstruirse en vano; cada intento era sofocado por el agua, reduciéndolo a una masa grotesca de cuerpos humanos retorcidos y amontonados.
—No temáis —dijo el fraile con un español antiguo y arcaico que les costaba comprender, pero que Sol traducía pacientemente a sus mentes—. Llegué a la Villa de León para predicar la buena nueva, pero en mi travesía fui tomado por los chichimecas y otomíes… fui humillado, torturado y cruelmente asesinado.
Las chicas ahogaron un grito de horror. Recordaron de inmediato las viejas leyendas que sus padres y abuelos les contaban de niñas sobre los Pozos del Fraile. Sol tomó la palabra:
—En sus últimos momentos de agonía, este sacerdote no pidió venganza. Le pidió perdón a Dios en nombre de sus verdugos. Le rogó que le diera agua a esta tierra árida para salvar a todos. Y donde los indios enterraron sus ojos azules, nacieron dos manantiales que permitieron la supervivencia de indígenas y españoles por igual.
Saber que un hombre inocente había pedido por sus propios asesinos dejó a las chicas mudas de asombro.
—Deben sanar sus almas —les recordó Sol—. Solo así habrá paz.
Las chicas intentaron razonar a través del agua con la masa de cuerpos, pero el rencor de los guamares era un muro impenetrable. La frustración y la impotencia superaron a Angélica, quien soltó un grito desgarrador de rabia que hizo vibrar el agua y activó las alarmas de varios autos en la superficie.
—¡Angélica, no! —la regañó Sol—. Tu ira solo alimenta el caos.
Abrumada por la vergüenza y el odio que sentía hacia los antiguos invasores españoles por haber despojado a los nativos con ayuda de los tlaxcaltecas, Angélica se desplomó. Fue entonces cuando la fría y suave mano del sacerdote ciego se posó sobre su hombro.
—Entiendo tu tribulación, hija mía —dijo el fraile con infinita mansedumbre—. Yo viví ese mismo dolor en carne propia. Pero jamás dejé que el odio gobernara mi espíritu. En el tormento, rezaba por ellos, pues amaba a mi prójimo como a mí mismo. No busques cambiar a las personas a la fuerza; debes comprender que no saben lo que hacen. Cuando la furia te ciegue, respira profundo, híncate y pide ayuda al Cielo.
Las palabras del sacerdote calmaron el pecho de Angélica. Mientras tanto, Pamela y Laura analizaban la situación: era imposible devolverles las tierras que habían sido tomadas hace siglos; el conflicto histórico era demasiado profundo para resolverse con lógica.
—Ellos nunca entendieron nuestra misión —intervino con tristeza el fraile—. Los españoles no veníamos solo a despojar; muchos veníamos a ayudar y evangelizar. Pero las tribus locales odiaban a los tlaxcaltecas, a quienes veían como traidores por haberse aliado con los conquistadores tras la caída de los mexicas. Ese odio entre pueblos fue lo que desató la matanza.
Afuera, la criatura de barro comenzó a alejarse a rastras, saliendo del alcance de los manantiales. El agua de los pozos perdía efectividad a medida que el monstruo ganaba distancia.
—Tienen que actuar ya —urgió Sol—. El agua no podrá sostenerlo por mucho más tiempo.
Angélica miró sus manos con aprensión. Apretó los puños por la frustración de no poder transmitirles la verdad: que tanto indígenas como españoles habían sido víctimas de sus propias guerras y que hoy compartían el mismo suelo. Entonces, una idea audaz cruzó su mente.
—Tenemos que dejarlos escapar —declaró Angélica con firmeza.
Pamela y Laura la miraron con total incredulidad y Sol alzó las orejas con intriga.
—¿Estás loca? ¡Van a destruir la ciudad! —exclamó Laura.
—Escuchen —explicó Angélica con profunda compasión—. Mientras estén acorralados y bajo el ataque del agua, su rabia solo va a crecer y jamás escucharán razones. Si los dejamos avanzar y los seguimos de cerca, la furia bajará de intensidad cuando se sientan libres. Solo entonces, cuando estén calmos, podremos acercarnos a hablar con sus almas.