La devoradora de luz
LA DEVORADORA DE LUZ
Anatomía de una soberbia materna
Lo que nació de mí no tiene derecho a rebasarme. El amor de una madre es la primera prisión; algunas veces, también es la última sepultura. El apartamento olía a leche agria, sudor rancio y antiséptico industrial. Las persianas del piso catorce permanecían cerradas desde hacía tres meses, bloqueando la luz del sol metropolitano para sumir la estancia en un crepúsculo grisáceo y permanente. Elena permanecía sentada frente al monitor apagado de su portátil, observando su propio reflejo en la pantalla negra: las ojeras violetas hundidas en las cuencas, las clavículas marcadas como filos de navaja y el cabello opaco, apelmazado por días sin lavar. En la habitación contigua, la cuna inteligente emitía su zumbido blanco, rítmico, estéril. Pero el llanto continuaba. Un llanto agudo, fino, que atravesaba la placa de yeso y se clavaba directamente en el tímpano de Elena como una aguja hipodérmica. —No eres más que un parásito —murmuró Elena al aire, sin parpadear. Su voz era plana, privada de cualquier resonancia afectiva—. Un pequeño ladrón de luz. Antes de Mateo, Elena era la cúspide de su propia arquitectura. Una consultora de estrategia brillante, admirada por su pulcritud analítica, su simetría impecable y un control férreo sobre cada aspecto de su entorno. Su cuerpo era un templo de eficiencia. Pero el embarazo había deformado su anatomía, estirando la piel de su abdomen hasta dejar estrías nácar que ella leía como cicatrices de una humillación. Y luego llegó el parto: la pérdida absoluta de la elegancia, los líquidos, los gritos inútiles en la sala quirúrgica y el abismo de la depresión postparto que se asentó sobre su mente como una bruma pesada y salobre. La depresión, sin embargo, no la volvió impotente. La transformó en algo distinto. Alimentada por un ego narcisista y desmedido, la melancolía del encierro mutó en un resentimiento abismal. El bebé no era una vida independiente a la que debía alimentar; era un fragmento de su propia sustancia que se había desgajado con insolencia para arrebatarle el centro del universo. Elena se levantó despacio. Sus pies descalzos no hacían ruido sobre el parquet brillante. Caminó hacia la habitación del recién nacido con la compostura de una reina que se encamina al cadalso de un traidor. Al inclinarse sobre la cuna de acrílico, Mateo la miró con esos ojos enormes, violetas por la falta de luz, incapaces aún de enfocar del todo pero cargados de una dependencia absoluta. El bebé agitó sus puños cerrados, buscando el pecho de la madre. Elena sintió una sacudida de asco en la base del estómago. —¿Crees que me perteneces? —susurró, rozando con el índice la mejilla suave y tibia del niño—. Te equivocas. Yo soy la fuente. Si yo decido apagar la fuente, te disuelves en nada. Esa noche comenzó el descenso consciente a la locura. Elena no experimentaba alucinaciones caóticas ni voces diabólicas; su psicosis era pulcra, razonada, elegante en su crueldad. En su mente, matar a su hijo no era un crimen ni un brote de demencia: era un acto de reabsorción divina. Mateo era una emanación de su carne que jamás debió haber obtenido respiración propia. La diosa madre reclamaba el sacrificio para restaurar el equilibrio de su ego profanado. Comenzó a documentar el proceso en una libreta de pasta negra. Escribía con caligrafía impecable, anotando los minutos exactos en que el bebé lloraba, las fluctuaciones de su pulso y la forma en que el silencio volvía a la estancia cuando ella presionaba ligeramente, apenas un segundo, la almohada sobre el rostro del lactante. —Día 84 —escribió a la luz de la lámpara de lectura—. El sujeto muestra un instinto de supervivencia molesto. La sangre que circula por sus venas es mi sangre. Retenerla es un robo. Cada gramo de peso que él gana es un gramo de vitalidad que mi estructura pierde. Es una ecuación de suma cero. Su marido, un arquitecto absorbido por viajes corporativos, llamaba todas las noches por videollamada. Elena sonreía a la cámara con una dulzura ensayada frente al espejo, sosteniendo al bebé en posición perfecta mientras recitaba los avances del pediatra. En cuanto la pantalla se apagaba, la sonrisa se disolvía al instante, dejando paso a una máscara de piedra fría. La noche del solsticio de invierno, la tormenta eléctrica cortó el suministro del edificio. Las luces del apartamento se apagaron una a una, dejando únicamente la penumbra ámbar de las avenidas filtrándose por las cortinas. El llanto de Mateo se volvió ininterrumpido, ahogado por la congestión y el hambre. Elena caminó por el pasillo en sombras. No encendió velas. En la oscuridad, se sentía gigantesca, una deidad arcaica y devoradora, la Madre Terrible que habita en las pesadillas de la especie desde antes de la invención del lenguaje. Se detuvo ante el espejo del vestíbulo y, por primera vez en meses, vio su rostro hermoso de nuevo, purificado por la determinación de la matanza. —Yo te di el ser —dijo en voz baja, paladeando la elegancia de cada sílaba—. La creación que se rebela contra la creadora debe ser destruida antes de que aprenda a nombrar su libertad. Entró en la habitación. Mateo se retorcía en el colchón, con el rostro enrojecido y las manitas buscando aire. Elena no sintió piedad, ni remordimiento, ni vacilación. Sintió una borrachera de poder absoluto. Tomó la manta de lana gris —la misma que le habían regalado en el baby shower organizado por sus compañeras de oficina— y la desplegó con una cadencia casi litúrgica sobre el pequeño cuerpo. Colocó ambas manos sobre la manta. No hizo una presión violenta ni descontrolada; ejerció un peso medido, firme, rítmico, sincronizado con la respiración afanosa de la criatura. Bajo sus palmas, sintió los pequeños espasmos del tórax del bebé, los manotazos inútiles contra la lana y la aceleración frenética de su corazón microscópico. —Calla, mi vida —tarareó Elena, inclinándose hasta que su aliento helado tocó la tela—, calla y vuelve a mí. Vuelve al vientre que nunca debiste abandonar. Los movimientos bajo la manta se volvieron más lentos, torpes, hasta convertirse en un temblor lejano. Elena no cerró los ojos. Mantuvo la vista fija en la pared, disfrutando de la restitución gradual de su soberanía. Cuando el silencio total volvió a la habitación, Elena retiró la manta con la delicadeza de quien destapa una escultura terminada. El rostro de Mateo yacía en paz, pálido bajo la luz de la luna que por fin cruzaba el ventanal. Elena suspiró profundamente. Por primera vez en meses, el aire entró en sus pulmones de forma limpia, sin la presión de la culpa ni el peso de la imposición materna. Caminó hasta el salón, sirvió una copa de vino tinto y se sentó en el sofá de terciopelo. Bebió a sorbos lentos, apreciando el matiz del roble y los frutos rojos en su paladar mientras escuchaba la tormenta golpear los cristales del piso catorce. Al amanecer, cuando el marido regresó de su viaje y abrió la puerta del apartamento con el entusiasmo de quien vuelve al hogar, encontró a Elena sentada frente al tocador. Se maquillaba con precisión milimétrica, trazando una línea perfecta de delineador negro sobre sus párpados. —Elena… ¿qué pasó? ¿Por qué está todo a oscuras? —preguntó él, extrañado por el silencio absoluto. Elena dejó el pincel sobre la mesa de cristal, se giró despacio y lo miró con unos ojos de una claridad abismal, desprovistos de cualquier rastro de la mujer que él había conocido. —El niño descansó por fin —dijo con una voz suave, impecable, terriblemente serena—. Ha vuelto a donde pertenece. Ahora, por favor, haz silencio. Es mi momento de brillar. «No hay monstruo más implacable que el amor propio disfrazado de maternidad. Cuando la madre decide que ella es el único sol del universo, la cuna no es más que una tumba a la espera de su sombra.»
Omar Velkan