Hijos de la pólvora - Capitulo 30: Emboscada
La detonación del Colt quebró el callejón antes de que el cabecilla pudiera corregir el tiro de las riendas. El plomo macizo cruzó las quince varas de aire helado y caló de lleno en la base de su cuello, partiéndole la clavícula. El Cuervo soltó las correas con un manotazo ciego mientras el torso se le vencía hacia atrás contra el borrén de la montura. El semental dio un bote de costado por el fogonazo a quemarropa, y el forajido resbaló por el flanco del animal contra el cascajo de la calzada. El sombrero le voló de la cabeza, dejando al descubierto una mata de pelo grasiento inmóvil sobre las piedras heladas.
Aquel disparo abrió la trampa. Desde el tejado de la tienda de provisiones, el Winchester del tendero y el fusil del herrero soltaron fuego al unísono. Al segundo, las aspilleras de la cantina escupieron metralla cuando cuatro escopetas descargaron sus cañones hacia el fondo del callejón.
El estruendo reventó los tímpanos. La detonación entre las tablas de pino y el zinc de los aleros no dejó lugar al eco; fue un golpe sordo en el pecho que dejó un zumbido agudo taladrando la cabeza de los hombres. Una lluvia de metralla, plomo deforme y perdigones de caza cayó sobre los doce jinetes apretujados. El plomo barría la madera y la carne, quebrando huesos, rasgando bayetas y abriendo tajos en los arreos.
Los cuatreros tardaron unos segundos fatales en ubicar el origen del fuego. Acostumbrados a buscar resistencia a ras de suelo tras las esquinas, tanteaban los porches vacíos mientras desde las alturas caía la descarga. El mestizo de la vanguardia recibió una carga en el pecho; el impacto lo levantó de los estribos contra la baranda de la herrería, que cedió hecha astillas. Otro forajido intentó desatar la carabina de la funda mientras su caballo daba giros descontrolados, pero una bala disparada desde la cornisa le perforó el omóplato y lo dobló sobre el pescuezo de la bestia.
El pánico de los animales trabó la retirada. Encajonados en una trocha de diez varas de ancho, con la barricada de carretas y sacos cerrándoles la salida hacia el llano, los caballos se encabritaron en una masa ciega de cascos y sudor. Un alazán herido en la grupa pateó hacia atrás, quebrando las costillas de una yegua; los dos animales perdieron pie sobre la greda y rodaron en una maraña de cinchas, arrojando a sus jinetes contra el cascajo antes de levantarse a coces y huir hacia los corrales.
Varios forajidos desmontaron y buscaron el abrigo de los escalones con los revólveres en la mano. Disparaban a tientas hacia las ventanas de la cantina y el borde de los tejados, guiándose por los fogonazos. Aquel fuego cobró peaje. Una bala perforó los tablones de la tienda y un haz de astillas abrió una brecha en la sien del comerciante, cegándole el ojo izquierdo con un reguero de sangre que lo tiró de rodillas tras el parapeto. Arriba, en la cantina, un plomo rebotado en una viga golpeó el hombro de un ranchero viejo; la bala le dislocó la articulación y lo hizo rodar por los tablones entre quejidos mientras los cristales rotos llovían sobre las mesas de juego.
Agazapado tras dos carros cargados de ripio, Archie Troy vigilaba la humareda con el revólver en la diestra. La pólvora negra no encontraba salida entre las dos hileras de casas; se asentaba como una niebla amarillenta que quemaba los ojos y llenaba la boca con regusto a azufre. A través de la bruma vio a un cuatrero que se arrastraba de codos hacia el eje de una rueda con una pistola en la mano. Archie asomó el cañón entre dos barriles de agua, alineó el alza con la espalda del hombre y apretó con suavidad. El cuatrero dio una sacudida brusca, soltó el arma en la grava y quedó inmóvil.
A tres pasos, el peón del establo se había derrumbado contra los sacos. Tenía la escopeta abierta sobre las piernas y los dedos entumecidos por el espanto. Los cartuchos rojos se le escurrían de las manos hacia el cascajo. Boqueaba con la cara blanca, incapaz de mirar la calle.
Archie cruzó la distancia agachado. Le aferró la muñeca con fuerza y lo sacudió hacia el frente:
—Mírame —dijo Archie. La voz cortó el estrépito—. Olvida la sangre. Mete dos tiros en la recámara, cierra la báscula y apunta a cualquiera que siga montado. Si dejas de tirar, van a saltar la madera y nos abrirán la garganta a todos.
El muchacho parpadeó, sacudiendo la cabeza para aclararse la vista. Recogió dos cartuchos del suelo y los metió en las recámaras. Trabó la báscula de un golpe de palma, apoyó los cañones en el saco y disparó contra el humo. El culatazo le sacudió el hombro, pero no soltó el fierro.
Archie retrocedió dos pasos al abrigo del carromato para reponer la carga de su Colt. Bajó la compuerta del tambor con el pulgar, empujó la varilla expulsora y fue desalojando los casquillos vacíos uno a uno. El latón recalentado cayó sobre la tierra y siseó al contacto con la escarcha que aún blanqueaba la sombra de las ruedas. De la canana extrajo cuatro balas frías, las deslizó en las recámaras abiertas, giró el cilindro hasta oír el trinquete del fiador y volvió a montar el martillo.
En la calzada, la resistencia de los Carniceros se desmoronaba. Acosados desde tres alturas y cegados por el humo estancado, los pocos supervivientes disparaban sin tino. Una descarga desde la cantina barrió a dos hombres de sus monturas; los cuerpos cayeron sobre la tierra endurecida, arrastrándose entre charcos oscuros que humeaban en el frío matinal. Otro forajido intentó parapetarse tras el costillar de su caballo derribado, pero el fusil del herrero le astilló la culata y le desgarró el antebrazo, dejándolo fuera de combate con un alarido ronco.
El aire se volvió irrespirable. El hedor a pólvora, bosta y sangre caliente flotaba entre los tablones, haciendo toser a los tiradores. Los disparos empezaron a ralear; ya no quedaban blancos en pie, solo bultos caídos en el polvo y dos caballos desmandados que tropezaban hacia las afueras con las riendas arrastrando. Archie se incorporó unos palmos sobre la lona de los sacos, escudriñando la cortina de niebla.
Cerca de la tapia de la botica, una sombra se desprendió del humo a la carrera.
Era una yegua tordilla que salía del callejón al galope tendido. El jinete iba doblado sobre el pescuezo del animal, con el rostro entre las crines y las espuelas clavadas en los ijares. Buscaba la trocha estrecha del forraje, la senda que abría hacia las mesetas del norte. Si aquel cuatrero ganaba las lomas abiertas, alcanzaría el campamento principal de Neal Ducker antes de dos horas. Alertaría a la banda entera y Jesús Artieda estaría muerto antes del mediodía.
No había caballo a mano ni forma de coordinar un tiro con los hombres de las azoteas, aturdidos y sordos por la balacera. Archie apoyó el codo izquierdo sobre la madera de la carreta, afirmó los pies en la tierra y apuntó al fugitivo. El hombre iba tapado por la masa de la bestia; tirar al jinete ofrecía pocas opciones entre los tumbos del galope. Archie no buscó al hombre: bajó el cañón un palmo, fijando el grano de hierro en la paleta delantera de la yegua, calculando el tranco del animal antes de la esquina.
Apretó el disparador.
El Colt saltó con un fogonazo limpio. A treinta varas, el plomo destrozó la articulación de la pata delantera de la bestia en mitad de un salto. La tordilla chilló con un resuello agudo, clavó el pecho contra la grava helada y volcó hacia adelante con la inercia del galope, rodando sobre sí misma en una tolvanera blanca.
El fugitivo voló varios metros por encima de las orejas de la montura, hasta estrellarse contra las tablas del almacén. El maderamen crujió; el hombre cayó al suelo sin aire antes de que la mole de la yegua se le viniera encima, atrapándole la pierna bajo la montura. La espinilla cedió bajo el peso con un crujido seco. El forajido soltó un aullido y arañó la tierra intentando soltarse. Estiró los dedos hacia el revólver caído a cuatro pasos, pero el dolor le cortó el aliento y quedó bocarriba contra las tablas astilladas, boqueando con la boca llena de tierra.
Tras ese último tiro, un silencio denso cayó sobre el pueblo.
Los estampidos murieron en las hondonadas de la sierra. No quedó más ruido que el resuello de las bestias y el goteo de un barril perforado. El humo blanco trepaba despacio hacia el cielo claro, barrido por el aire frío de las cumbres. La calle mayor era una carnicería quieta.
Frente a la barricada, once hombres yacían tendidos sobre el cascajo. Siete no volverían a levantarse jamás; los otros cuatro gemían con la cara pegada al suelo, apretándose las heridas y maldiciendo entre dientes, rotos por el rigor del fuego cruzado. Cuatro caballos muertos bloqueaban el paso entre las casas, mientras dos monturas desorientadas mordisqueaban las ramas secas junto a los palenques, ajenas a la matanza.
En los tejados y tras las aspilleras, los vecinos permanecieron inmóviles. Nadie gritó victoria ni levantó el sombrero. Miraban los cañones humeantes con las manos entumecidas y las caras tiznadas de hollín, sobrecogidos ante la violencia que sus propias manos habían desatado en menos de cinco minutos. El tendero se apretaba la sien con un trapo manchado de sangre que le bajaba por el cuello; el herrero apoyaba la culata en el zinc del tejado, respirando hondo con los ojos clavados en la calzada.
Archie Troy bajó el brazo despacio. Abrió la compuerta de la recámara, empujó la varilla para expulsar el casquillo humeante contra el suelo y calzó una bala fresca en el alvéolo vacío. Hizo girar el cilindro, aseguró el revólver en la vaqueta atada al muslo y se pasó la manga por la frente para limpiarse el sudor y la carbonilla.
Apoyó la bota sobre un saco terrero y saltó al otro lado de la barricada.
Las espuelas tintinearon con un compás lento sobre las piedras mientras avanzaba por el medio de la calle teñida de rojo, esquivando los casquillos de latón y los charcos oscuros, rumbo al rincón donde el último forajido gemía bajo el caballo muerto.
El primer asalto estaba cerrado. Ahora tocaba ir a buscar al muchacho.