#Maritornes
Tienes razón, entonces el orden de apaleamiento es Sancho, Maritornes, el arriero y el ventero, que da y no recibe
September 10, 2026 at 5:29 PM
Si las matemáticas no me fallan, a Maritornes le dan Sancho y el ventero, 2, y a Sancho le dan el arriero, Maritornes y el ventero, 3.
September 10, 2026 at 5:27 PM
A título anecdótico he de decir que la pelea circular me parece un poco desequilibrada. El arriero da de palos a Sancho, Sancho la de palos a Maritornes, Maritornes devuelve los palos a Sáncho y el ventero da de palos a los tres. Así que la buena de Maritornes es la que más palos recibe.
September 10, 2026 at 5:19 PM
Al ver a Don Quijote intentar seducir a Maritornes, la pelea circular entre el arriero, Sancho, Maritornes y el ventero, el candelazo del cuadrillero, el consumo del bálsamo de fierabrás y el manteo de Sancho.

Vamos que los protagonistas no dejan pasar un párrafo sin recibir un diluvio de palos
September 10, 2026 at 5:11 PM
Como si el ritmo, el En un lugar de La Mancha, le resonara.

Hoy tocaba, acabado ya el episodio de Marcela (ese discurso debería enseñarse en todas las escuelas, brava Marcela y bravo Cervantes) hemos leido la aventura de los yangueses y la de la venta y Maritornes
September 10, 2026 at 5:08 PM
#GETAFE El proyecto contempla el despliegue de dos trazados subterráneos de 45 kilovoltios (kV), cada uno con una extensión de 326 metros. www.getafecentral.com/2026/09/04/l...
La Comunidad autoriza la instalación de dos nuevas líneas eléctricas subterráneas en la calle Maritornes - Getafe Central
GETAFE/04 SEPTIEMBRE 2026.- La Dirección General de Transición Energética y Economía Circular de la Comunidad de Madrid ha autorizado a la empresa I-DE Redes
www.getafecentral.com
September 5, 2026 at 10:09 AM
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha: Parte I, Capítulo 44
### Capítulo XLIV _Donde se prosiguen los inauditos sucesos de la venta_ En efeto, fueron tantas las veces que don Quijote dio, que abriendo de presto las puertas de la venta, salió el ventero, despavorido, a ver quién tales gritos daba, y los que estaban fuera hicieron lo mesmo. Maritornes, que ya había despertado a las mismas voces imaginando lo que podía ser, se fue al pajar y desató, sin que nadie lo viese, el cabestro que a don Quijote sostenía, y él dio luego en el suelo, a vista del ventero y de los caminantes, que, llegándose a él, le preguntaron qué tenía, que tales voces daba. Él, sin responder palabra, se quitó el cordel de la muñeca, y, levantándose en pie, subió sobre Rocinante, embrazó su adarga, enristró su lanzón, y tomando buena parte del campo, volvió a medio galope, diciendo: —Cualquiera que dijere que yo he sido con justo título encantado, como mi señora la princesa Micomicona me dé licencia para ello, yo le desmiento, le rieto y desafío a singular batalla. Admirados se quedaron los nuevos caminantes de las palabras de don Quijote; pero el ventero les quitó de aquella admiración, diciéndoles que era don Quijote, y que no había que hacer caso dél, porque estaba fuera de juicio. Preguntáronle al ventero si acaso había llegado a aquella venta un muchacho de hasta edad de quince años, que venía vestido como mozo de mulas, de tales y tales señas, dando las mesmas que traía el amante de doña Clara. El ventero respondió que había tanta gente en la venta, que no había echado de ver en el que preguntaban. Pero habiendo visto uno dellos el coche donde había venido el Oidor, dijo: —Aquí debe de estar sin duda, porque éste es el coche que él dicen que sigue: quédese uno de nosotros a la puerta y entren los demás a buscarle; y aun sería bien que uno de nosotros rodease toda la venta, porque no se fuese por las bardas de los corrales. —Así se hará —respondió uno dellos. Y entrándose los dos dentro, uno se quedó a la puerta y el otro se fue a rodear la venta; todo lo cual veía el ventero, y no sabía atinar para qué se hacían aquellas diligencias, puesto que bien creyó que buscaban aquel mozo cuyas señas le habían dado. Ya a esta sazón aclaraba el día; y, así por esto como por el ruido que don Quijote había hecho, estaban todos despiertos y se levantaban, especialmente doña Clara y Dorotea, que la una con sobresalto de tener tan cerca a su amante, y la otra con el deseo de verle, habían podido dormir bien mal aquella noche. Don Quijote, que vio que ninguno de los cuatro caminantes hacía caso dél, ni le respondían a su demanda, moría y rabiaba de despecho y saña; y si él hallara en las ordenanzas de su caballería que lícitamente podía el caballero andante tomar y emprender otra empresa habiendo dado su palabra y fe de no ponerse en ninguna hasta acabar la que había prometido, él embistiera con todos, y les hiciera responder mal de su grado; pero, por parecerle no convenirle ni estarle bien comenzar nueva empresa hasta poner a Micomicona en su reino, hubo de callar y estarse quedo, esperando a ver en qué paraban las diligencias de aquellos caminantes; uno de los cuales halló al mancebo que buscaba, durmiendo al lado de un mozo de mulas, bien descuidado de que nadie ni le buscase, ni menos de que le hallase. El hombre le trabó del brazo y le dijo: —Por cierto, señor don Luis, que responde bien a quien vos sois el hábito que tenéis y que dice bien la cama en que os hallo al regalo con que vuestra madre os crió. Limpióse el mozo los soñolientos ojos, y miró de espacio al que le tenía asido, y luego conoció que era criado de su padre, de que recibió tal sobresalto, que no acertó o no pudo hablarle palabra por un buen espacio; y el criado prosiguió diciendo: —Aquí no hay que hacer otra cosa, señor don Luis, sino prestar paciencia, y dar la vuelta a casa, si ya vuestra merced no gusta que su padre y mi señor la dé al otro mundo; porque no se puede esperar otra cosa de la pena con que queda por vuestra ausencia. —Pues ¿cómo supo mi padre —dijo don Luis— que yo venía este camino y en este traje? —Un estudiante —respondió el criado— a quien distes cuenta de vuestros pensamientos fue el que lo descubrió, movido a lástima de las que vio que hacía vuestro padre al punto que os echó de menos; y así, despachó a cuatro de sus criados en vuestra busca, y todos estamos aquí a vuestro servicio, más contentos de lo que imaginar se puede, por el buen despacho con que tornaremos, llevándoos a los ojos que tanto os quieren. —Eso será como yo quisiere, o como el cielo lo ordenare —respondió don Luis. —¿Qué habéis de querer, o qué ha de ordenar el cielo, fuera de consentir en volveros? Porque no ha de ser posible otra cosa. Todas estas razones que entre los dos pasaban oyó el mozo de mulas junto a quien don Luis estaba; y levantándose de allí, fue a decir lo que pasaba a don Fernando y a Cardenio, y a los demás, que ya vestido se habían; a los cuales dijo cómo aquel hombre llamaba de don a aquel muchacho, y las razones que pasaban, y cómo le quería volver a casa de su padre, y el mozo no quería. Y con esto, y con lo que dél sabían, de la buena voz que el cielo le había dado, vinieron todos en gran deseo de saber más particularmente quién era, y aun de ayudarle si alguna fuerza le quisiesen hacer; y así, se fueron hacia la parte donde aún estaba hablando y porfiando con su criado. Salía en esto Dorotea de su aposento, y tras ella doña Clara, toda turbada; y llamando Dorotea a Cardenio aparte, le contó en breves razones la historia del músico y de doña Clara; a quien él también dijo lo que pasaba de la venida a buscarle los criados de su padre, y no se lo dijo tan callando, que lo dejase de oír Clara; de lo que quedó tan fuera de sí, que si Dorotea no llegara a tenerla, diera consigo en el suelo. Cardenio dijo a Dorotea que se volviesen al aposento; que él procuraría poner remedio en todo, y ellas lo hicieron. Ya estaban todos los cuatro que venían a buscar a don Luis dentro de la venta y rodeados dél, persuadiéndole que luego, sin detenerse un punto, volviese a consolar a su padre. Él respondió que en ninguna manera lo podía hacer hasta dar fin a un negocio en que le iba la vida, la honra y el alma. Apretáronle entonces los criados, diciéndole que en ningún modo volverían sin él, y que le llevarían, quisiese o no quisiese. —Eso no haréis vosotros —replicó don Luis—, si no es llevándome muerto; aunque de cualquiera manera que me llevéis, será llevarme sin vida. Ya a esta sazón habían acudido a la porfía todos los más que en la venta estaban, especialmente Cardenio, don Fernando, sus camaradas, el Oidor, el Cura, el Barbero y don Quijote, que ya le pareció que no había necesidad de guardar más el castillo. Cardenio, como ya sabía la historia del mozo, preguntó a los que llevarle querían que qué les movía a querer llevar contra su voluntad aquel muchacho. —Muévenos —respondió uno de los cuatro— dar la vida a su padre, que por la ausencia deste caballero queda a peligro de perderla. A esto dijo don Luis: —No hay para qué se dé cuenta aquí de mis cosas; yo soy libre, y volveré si me diere gusto, y si no, ninguno de vosotros me ha de hacer fuerza. —Harásela a vuestra merced la razón —respondió el hombre—; y cuando ella no bastare con vuestra merced, bastará con nosotros para hacer a lo que venimos y lo que somos obligados. —Sepamos qué es esto de raíz —dijo a este tiempo el Oidor. Pero el hombre, que lo conoció, como vecino de su casa, respondió: —¿No conoce vuestra merced, señor Oidor, a este caballero, que es el hijo de su vecino, el cual se ha ausentado de casa de su padre en el hábito tan indecente a su calidad como vuestra merced puede ver? Miróle entonces el Oidor más atentamente y conocióle; y abrazándole, dijo: —¿Qué niñerías son éstas, señor don Luis, o qué causas tan poderosas, que os hayan movido a venir desta manera, y en este traje, que dice tan mal con la calidad vuestra? Al mozo se le vinieron las lágrimas a los ojos, y no pudo responder palabra. Al Oidor dijo a los cuatro que se sosegasen, que todo se haría bien; y tomando por la mano a don Luis, le apartó a una parte y le preguntó qué venida había sido aquélla. Y en tanto que le hacía esta y otras preguntas, oyeron grandes voces a la puerta de la venta, y era la causa dellas que dos huéspedes que aquella noche habían alojado en ella, viendo a toda la gente ocupada en saber lo que los cuatro buscaban, habían intentado a irse sin pagar lo que debían; mas el ventero, que atendía más a su negocio que a los ajenos, les asió al salir de la puerta, y pidió su paga, y les afeó su mala intención con tales palabras, que les movió a que le respondiesen con los puños; y así, le comenzaron a dar tal mano, que el pobre ventero tuvo necesidad de dar voces y pedir socorro. La ventera y su hija no vieron a otro más desocupado para poder socorrerle que a don Quijote, a quien la hija de la ventera dijo: —Socorra vuestra merced, señor caballero, por la virtud que Dios le dio, a mi pobre padre; que dos malos hombres le están moliendo como a cibera. A lo cual respondió don Quijote, muy de espacio y con mucha flema: —Fermosa doncella, no ha lugar por ahora vuestra petición, porque estoy impedido de entremeterme en otra aventura en tanto que no diere cima a una en que mi palabra me ha puesto. Mas lo que yo podré hacer por serviros, es lo que ahora diré: corred y decid a vuestro padre que se entretenga en esa batalla lo mejor que pudiere, y que no se deje vencer en ningún modo, en tanto que yo pido licencia a la princesa Micomicona para poder socorrerle en su cuita; que si ella me la da, tened por cierto que yo le sacaré della. —¡Pecadora de mí! —dijo a esto Maritornes, que estaba delante—. Primero que vuestra merced alcance esa licencia que dice, estará ya mi señor en el otro mundo. —Dadme vos, señora, que yo alcance la licencia que digo —respondió don Quijote—; que como yo la tenga, poco hará al caso que él esté en el otro mundo; que de allí le sacaré a pesar del mismo mundo que lo contradiga; o, por lo menos, os daré tal venganza de los que allá le hubieren enviado, que quedéis más que medianamente satisfechas. Y sin decir más, se fue poner de hinojos ante Dorotea, pidiéndole con palabras caballerescas y andantescas que la su grandeza fuese servida de darle licencia de acorrer y socorrer al castellano de aquel castillo, que estaba puesto en una grave mengua. La Princesa se la dio de buen talante, y él luego, embrazando su adarga y poniendo mano a su espada, acudió a la puerta de la venta, adonde aún todavía traían los dos huéspedes a mal traer al ventero; pero así como llegó, embazó y se estuvo quedo, aunque Maritornes y la ventera le decían que en qué se detenía; que socorriese a su señor y marido. —Deténgome —dijo don Quijote— porque no me es lícito poner mano a la espada contra gente escuderil; pero llamadme aquí a mi escudero Sancho; que a él toca y atañe esta defensa y venganza. Esto pasaba en la puerta de la venta, y en ella andaban las puñadas y mojicones muy en su punto, todo en daño del ventero y en rabia de Maritornes, la ventera y su hija, que se desesperaban de ver la cobardía de don Quijote, y de lo mal que lo pasaba su marido, señor y padre. Pero dejémosle aquí, que no faltará quien le socorra, o si no, sufra y calle el que se atreve a más de a lo que sus fuerzas le prometen, y volvámonos atrás cincuenta pasos, a ver qué fue lo que don Luis respondió al Oidor, que le dejamos aparte, preguntándole la causa de su venida a pie y de tan vil traje vestido; a lo cual el mozo, asiéndole fuertemente de las manos, como en señal de que algún gran dolor le apretaba el corazón, y derramando lágrimas en grande abundancia, le dijo: —Señor mío, yo no sé deciros otra cosa sino que desde el punto que quiso el cielo y facilitó nuestra vecindad que yo viese a mi señora doña Clara, hija vuestra y señora mía, desde aquel instante la hice dueño de mi voluntad; y si la vuestra, verdadero señor y padre mío, no lo impide, en este mesmo día ha de ser mi esposa. Por ella dejé la casa de mi padre, y por ella me puse en este traje, para seguirla dondequiera que fuese, como la saeta al blanco, o como el marinero al norte. Ella no sabe de mis deseos más de lo que ha podido entender de algunas veces que desde lejos ha visto llorar mis ojos. Ya, señor, sabéis la riqueza y la nobleza de mis padres, y como yo soy su único heredero; si os parece que éstas son partes para que os aventuréis a hacerme en todo venturoso, recebidme luego por vuestro hijo; que si mi padre, llevado de otros designios suyos, no gustare deste bien que yo supe buscarme, más fuerza tiene el tiempo para deshacer y mudar las cosas que las humanas voluntades. Calló, en diciendo esto el enamorado mancebo, y el Oidor quedó en oírle suspenso, confuso y admirado, así de haber oído el modo y la discreción con que don Luis le había descubierto su pensamiento como de verse en punto que no sabía el que poder tomar en tan repentino y no esperado negocio; y así, no respondió otra cosa sino que se sosegase por entonces, y entretuviese a sus criados, que por aquel día no le volviesen, porque se tuviese tiempo para considerar lo que mejor a todos estuviese. Besóle las manos por fuerza don Luis, y aun se las bañó con lágrimas, cosa que pudiera enternecer un corazón de mármol, no sólo el del Oidor, que, como discreto, ya había conocido cuán bien le estaba a su hija aquel matrimonio; puesto que, si fuera posible, lo quisiera efectuar con voluntad del padre de don Luis, del cual sabía que pretendía hacer de título a su hijo. Ya a esta sazón estaban en paz los huéspedes con el ventero, pues por persuasión y buenas razones de don Quijote, más que por amenazas, le habían pagado todo lo que él quiso, y los criados de don Luis aguardaban el fin de la plática del Oidor y la resolución de su amo, cuando el demonio, que no duerme, ordenó que en aquel mesmo punto entró en la venta el barbero a quien don Quijote quitó el yelmo de Mambrino y Sancho Panza los aparejos del asno, que trocó con los del suyo; el cual barbero, llevando su jumento a la caballeriza, vio a Sancho Panza que estaba aderezando no sé qué de la albarda, y así como la vio la conoció, y se atrevió a arremeter a Sancho, diciendo: —¡Ah, don ladrón, que aquí os tengo! ¡Venga mi bacía y mi albarda, con todos mis aparejos que me robastes! Sancho, que se vio acometer tan de improviso y oyó los vituperios que le decían, con la una mano asió de la albarda, y con la otra dio un mojicón al barbero, que le bañó los dientes en sangre; pero no por esto dejó el barbero la presa que tenía hecha en la albarda; antes, alzó la voz de tal manera, que todos los de la venta acudieron al ruido y pendencia, y decía: —¡Aquí del Rey y de la justicia; que, sobre cobrar mi hacienda me quiere matar este ladrón, salteador de caminos! —Mentís —respondió Sancho—; que yo no soy salteador de caminos; que en buena guerra ganó mi señor don Quijote estos despojos. Ya estaba don Quijote delante, con mucho contento de ver cuán bien se defendía y ofendía su escudero, y túvole desde allí adelante por hombre de pro, y propuso en su corazón de armalle caballero en la primera ocasión que se le ofreciese, por parecerle que sería en él bien empleada la orden de la caballería. Entre otras cosas que el barbero decía en el discurso de la pendencia, vino a decir: —Señores, así esta albarda es mía como la muerte que debo a Dios, y así la conozco como si la hubiera parido; y ahí está mi asno en el establo, que no me dejará mentir: si no, pruébensela, y si no le viniere pintiparada, yo quedaré por infame. Y hay más: que el mismo día que ella se me quitó, me quitaron también una bacía de azófar nueva, que no se había estrenado, que era señora de un escudo. Aquí no se pudo contener don Quijote sin responder, y, poniéndose entre los dos y apartándoles, depositando la albarda en el suelo, que la tuviese de manifiesto hasta que la verdad se aclarase, dijo: —Porque vean vuestras mercedes clara y manifiestamente el error en que está este buen escudero, pues llama bacía a lo que fue, es y será yelmo de Mambrino, el cual se lo quité yo en buena guerra, y me hice señor dél con legítima y lícita posesión. En lo del albarda no me entremeto; que lo que en ello sabré decir es que mi escudero Sancho me pidió licencia para quitar los jaeces del caballo deste vencido cobarde, y con ellos adornar el suyo; yo se la di, y él los tomó, y de haberse convertido de jaez en albarda no sabré dar otra razón si no es la ordinaria: que como esas transformaciones se ven en los sucesos de la caballería; para confirmación de lo cual, corre, Sancho hijo, y saca aquí el yelmo que este buen hombre dice ser bacía. —Pardiez, señor —dijo Sancho—, si no tenemos otra prueba de nuestra intención que la que vuestra merced dice, tan bacía es el yelmo de Malino como el jaez deste buen hombre albarda. —Haz lo que te mando —replicó don Quijote—; que no todas las cosas deste castillo han de ser guiadas por encantamento. Sancho fue a do estaba la bacía y la trujo; y así como don Quijote la vio, la tomó en las manos y dijo: —Miren vuestras mercedes con qué cara podía decir este escudero que ésta es bacía, y no el yelmo que yo he dicho; y juro por la orden de caballería que profeso que este yelmo fue el mismo que yo le quité, sin haber añadido en él ni quitado cosa alguna. —En eso no hay duda —dijo a esta sazón Sancho—; porque desde que mi señor le ganó hasta agora no ha hecho con él más de una batalla, cuando libró a los sin ventura encadenados; y si no fuera por este baciyelmo, no lo pasara entonces muy bien, porque hubo asaz de pedradas en aquel trance. > _Continúa en el capítulo 45…_
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August 25, 2026 at 11:35 PM
Pues, por el hilo de @drfleibur.bsky.social dije que me iba a releer el Quijote en verano y estoy cumpliendo.
No recordaba la de somanta de palos que les metían. Va a una cada dos capítulos (con el del medio para recuperarse).
La mejor es la de Maritornes, que literal es esto:
The Loud House: Epic Fight Cloud
ALT: The Loud House: Epic Fight Cloud
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August 11, 2026 at 5:31 PM
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha: Parte I, Capítulo 32
### Capítulo XXXII _Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla de don Quijote_ Acabóse la buena comida, ensillaron luego y, sin que les sucediese cosa digna de contar, llegaron otro día a la venta, espanto y asombro de Sancho Panza; y aunque él quisiera no entrar en ella, no lo pudo huir. La ventera, ventero, su hija y Maritornes, que vieron venir a don Quijote y a Sancho, les salieron a recebir con muestras de mucha alegría, y él las recibió con grave continente y aplauso, y díjoles que le aderezasen otro mejor lecho que la vez pasada; a lo cual le respondió la huéspeda que como la pagase mejor que la otra vez, que ella se la daría de príncipes. Don Quijote dijo que sí haría, y así, le aderezaron uno razonable en el mismo caramanchón de marras, y él se acostó luego, porque venía muy quebrantado y falto de juicio. No se hubo bien encerrado cuando la huéspeda arremetió al barbero, y asiéndole de la barba, dijo: —Para mi santiguada que no se ha aún de aprovechar más de mi rabo para su barba, y que me ha de volver mi cola; que anda lo de mi marido por esos suelos, que es vergüenza; digo, el peine, que solía yo colgar de mi buena cola. No se la quería dar el barbero, aunque ella más tiraba, hasta que el licenciado le dijo que se la diese; que ya no era menester más usar de aquella industria, sino que se descubriese y mostrase en su misma forma, y dijese a don Quijote que cuando le despojaron los ladrones galeotes se había venido a aquella venta huyendo; y que si preguntase por el escudero de la princesa, le dirían que ella le había enviado adelante a dar aviso a los de su reino cómo ella iba y llevaba consigo el libertador de todos. Con esto dio de buena gana la cola a la ventera el barbero, y asimismo le volvieron todos los adherentes que había prestado para la libertad de don Quijote. Espantáronse todos los de la venta de la hermosura de Dorotea, y aun del buen talle del zagal Cardenio. Hizo el cura que les aderezasen de comer de lo que en la venta hubiese, y el huésped, con esperanza de mejor paga, con diligencia les aderezó una razonable comida; y a todo esto dormía don Quijote, y fueron de parecer de no despertalle, porque más provecho le haría por entonces el dormir que el comer. Trataron sobre comida, estando delante el ventero, su mujer, su hija, Maritornes y todos los pasajeros, de la extraña locura de don Quijote y del modo que le habían hallado. La huéspeda les contó lo que con él y con el harriero les había acontecido, y mirando si acaso estaba allí Sancho, como no le viese, contó todo lo de su manteamiento, de que no poco gusto recibieron. Y como el cura dijese que los libros de caballerías que don Quijote había leído le habían vuelto el juicio, dijo el ventero: —No sé yo cómo puede ser eso; que en verdad que, a lo que yo entiendo, no hay mejor letrado en el mundo, y que tengo ahí dos o tres dellos, con otros papeles, que verdaderamente me han dado la vida, no sólo a mí, sino a otros muchos; porque cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí las fiestas muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno destos libros en las manos, y rodeámonos dél más de treinta, y estámosle escuchando con tanto gusto, que nos quita mil canas; a lo menos, de mí sé decir que cuando oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes que los caballeros pegan, que me toma gana de hacer otro tanto, y que querría estar oyéndolos noches y días. —Y yo ni más ni menos —dijo la ventera—; porque nunca tengo buen rato en mi casa sino aquel que vos estáis escuchando leer; que estáis tan embobado, que no os acordáis de reñir por entonces. —Así es la verdad —dijo Maritornes—; y a buena fe que yo también gusto mucho de oír aquellas cosas, que son muy lindas, y más cuando cuentan que se está la otra señora debajo de unos naranjos abrazada con su caballero, y que les está una dueña haciéndoles la guarda, muerta de envidia y con mucho sobresalto. Digo que todo esto es cosa de mieles. —Y a vos ¿qué os parece, señora doncella? —dijo el cura, hablando con la hija del ventero. —No sé, señor, en mi ánima —respondió ella—; también yo lo escucho, y en verdad que, aunque no lo entiendo, que recibo gusto en oíllo; pero no gusto yo de los golpes de que mi padre gusta, sino de las lamentaciones que los caballeros hacen cuando están ausentes de sus señoras; que en verdad que algunas veces me hacen llorar de compasión que les tengo. —Luego ¿bien las remediárades vos, señora doncella —dijo Dorotea—, si por vos lloraran? —No sé lo que me hiciera —respondió la moza—; sólo sé que hay algunas señoras de aquéllas tan crueles, que las llaman sus caballeros tigres, y leones, y otras mil inmundicias. Y ¡Jesús!, yo no sé qué gente es aquélla tan desalmada y tan sin conciencia, que por no mirar a un hombre honrado, le dejan que se muera, o que se vuelva loco. Yo no sé para qué es tanto melindre: si lo hacen de honradas, cásense con ellos; que ellos no desean otra cosa. —Calla, niña —dijo la ventera—; que parece que sabes mucho destas cosas, y no está bien a las doncellas saber ni hablar tanto. —Como me lo pregunta este señor —respondió ella—, no pude dejar de respondelle. —Ahora bien —dijo el cura—, traedme, señor huésped, aquesos libros, que los quiero ver. —Que me place —respondió él. Y entrando en su aposento, sacó dél una maletilla vieja, cerrada con una cadenilla, y, abriéndola, halló en ella tres libros grandes y unos papeles de muy buena letra, escritos de mano. El primer libro que abrió vio que era Don Cirongilio de Tracia; y el otro, de Félixmarte de Hircania; y el otro, la historia del Gran Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba, con la vida de Diego García de Paredes. Así como el cura leyó los dos títulos primeros, volvió el rostro al barbero y dijo: —Falta nos hacen aquí ahora el ama de mi amigo y su sobrina. —No hacen —respondió el barbero—, que también sé yo llevallos al corral, o a la chimenea; que en verdad que hay muy buen fuego en ella. —Luego ¿quiere vuestra merced quemar más libros? —dijo el ventero. —No más —dijo el cura— que estos dos: el de Don Cirongilio y el de Félixmarte. —Pues, por ventura —dijo el ventero—, ¿mis libros son herejes o flemáticos, que los quiere quemar? —Cismáticos queréis decir, amigo —dijo el barbero—; que no flemáticos. —Así es —replicó el ventero—. Mas si alguno quiere quemar, sea ése del Gran Capitán y dese Diego García; que antes dejaré quemar un hijo que dejar quemar ninguno desotros. —Hermano mío —dijo el cura—, estos dos libros son mentirosos y están llenos de disparates y devaneos, y éste del Gran Capitán es historia verdadera y tiene los hechos de Gonzalo Hernández de Córdoba, el cual, por sus muchas y grandes hazañas, mereció ser llamado de todo el mundo Gran Capitán, renombre famoso y claro, y dél sólo merecido; y este Diego García de Paredes fue un principal caballero, natural de la ciudad de Trujillo, en Extremadura, valentísimo soldado, y de tantas fuerzas naturales, que detenía con un dedo una rueda de molino en la mitad de su furia; y, puesto con un montante en la entrada de una puente, detuvo a todo un innumerable ejército, que no pasase por ella; y hizo otras tales cosas, que si él las cuenta, y las escribe él asimismo, con la modestia de caballero y de coronista propio, las escribiera otro libre y desapasionado, pusieran en su olvido las de los Hétores, Aquiles y Roldanes. —¡Tomaos con mi padre! —dijo el dicho ventero—. ¡Mirad de qué se espanta; de detener una rueda de molino! Por Dios, ahora había vuestra merced de leer lo que leí yo de Félixmarte de Hircania: que de un revés solo partió cinco gigantes por la cintura, como si fueran hechos de habas, como los frailecicos que hacen los niños. Y otra vez arremetió con un grandísimo y poderosísimo ejército, donde llevó más de un millón y seiscientos mil soldados, todos armados desde el pie hasta la cabeza, y los desbarató a todos, como si fueran manadas de ovejas. Pues ¿qué me dirán del bueno de don Cirongilio de Tracia, que fue tan valiente y animoso como se verá en el libro, donde cuenta que navegando por un río, le salió de la mitad del agua una serpiente de fuego, y él, así como la vio, se arrojó sobre ella, y se puso a horcajadas encima de sus escamosas espaldas, y la apretó con ambas manos la garganta con tanta fuerza, que viendo la serpiente que la iba ahogando, no tuvo otro remedio sino dejarse ir a lo hondo del río, llevándose tras sí al caballero, que nunca la quiso soltar? Y cuando llegaron allá bajo, se halló en unos palacios y en unos jardines tan lindos que era maravilla; y luego la sierpe se volvió en un viejo anciano, que le dijo tantas de cosas, que no hay más que oír. Calle, señor; que si oyese esto, se volvería loco de placer. ¡Dos higas para el Gran Capitán y para ese Diego García que dice! Oyendo esto Dorotea, dijo callando a Cardenio: —Poco le falta a nuestro huésped para hacer la segunda parte de don Quijote. —Así me parece a mí —respondió Cardenio—; porque, según da indicio, él tiene por cierto que todo lo que estos libros cuentan pasó ni más ni menos que lo escriben, y no le harán creer otra cosa frailes descalzos. —Mirad, hermano —tornó a decir el cura—, que no hubo en el mundo Félixmarte de Hircania, ni don Cirongilio de Tracia, ni otros caballeros semejantes que los libros de caballerías cuentan; porque todo es compostura y ficción de ingenios ociosos, que los compusieron para el efeto que vos decís de entretener el tiempo, como lo entretienen leyéndolos vuestros segadores. Porque realmente os juro que nunca tales caballeros fueron en el mundo, ni tales hazañas ni disparates acontecieron en él. —A otro perro con ese hueso —respondió el ventero—. ¡Como si yo no supiese cuántas son cinco, y adónde me aprieta el zapato! No piense vuestra merced darme papilla, porque por Dios que no soy nada blanco. ¡Bueno es que quiera darme vuestra merced a entender que todo aquello que estos buenos libros dicen sea disparates y mentiras, estando impreso con licencia de los señores del Consejo Real, como si ellos fueran gente que habían de dejar imprimir tanta mentira junta, y tantas batallas, y tantos encantamentos que quitan el juicio! —Ya os he dicho, amigo —replicó el cura—, que esto se hace para entretener nuestros ociosos pensamientos; y así como se consiente en las repúblicas bien concertadas que haya juegos de ajedrez, de pelota y de trucos, para entretener a algunos que ni quieren, ni deben, ni pueden trabajar, así se consiente imprimir y que haya tales libros, creyendo, como es verdad, que no ha de haber alguno tan ignorante, que tenga por historia verdadera ninguna destos libros. Y si me fuera lícito agora, y el auditorio lo requiriera, yo dijera cosas acerca de lo que han de tener los libros de caballería para ser buenos, que quizá fueran de provecho, y aun de gusto para algunos; pero yo espero que vendrá tiempo en que lo pueda comunicar con quien pueda remediallo, y en este entretanto creed, señor ventero, lo que os he dicho, y tomad vuestros libros, y allá os avenid con sus verdades o mentiras, y buen provecho os hagan, y quiera Dios que no cojeéis del pie que cojea vuestro huésped don Quijote. —Eso no —respondió el ventero—; que no seré yo tan loco que me haga caballero andante; que bien veo que ahora no se usa lo que se usaba en aquel tiempo, cuando se dice que andaban por el mundo estos famosos caballeros. A la mitad desta plática se halló Sancho presente, y quedó muy confuso y pensativo de lo que había oído decir que ahora no se usaban caballeros andantes, y que todos los libros de caballerías eran necedades y mentiras, y propuso en su corazón de esperar en lo que paraba aquel viaje de su amo, y que si no salía con la felicidad que él pensaba, determinaba de dejalle y volverse con su mujer y sus hijos a su acostumbrado trabajo. Llevábase la maleta y los libros el ventero; mas el cura le dijo: —Esperad, que quiero ver qué papeles son esos que de tan buena letra están escritos. Sacólos el huésped y dándoselos a leer, vio hasta obra de ocho pliegos escritos de mano, y al principio tenían un título grande que decía: Novela del curioso impertinente. Leyó el cura para sí tres o cuatro renglones, y dijo: —Cierto que no me parece mal el título desta novela, y que me viene voluntad de leella toda. A lo que respondió el ventero: —Pues bien puede leella su reverencia, porque le hago saber que a algunos huéspedes que aquí la han leído les ha contentado mucho, y me la han pedido con muchas veras; mas yo no se la he querido dar, pensando volvérsela a quien aquí dejó esta maleta olvidada con estos libros y esos papeles; que bien puede ser que vuelva su dueño por aquí algún tiempo, y aunque sé que me han de hacer falta los libros, a fe que se los he de volver; que, aunque ventero, todavía soy cristiano. —Vos tenéis mucha razón, amigo —dijo el cura—; mas, con todo eso, si la novela me contenta, me la habéis de dejar trasladar. —De muy buena gana —respondió el ventero. Mientras los dos esto decían, había tomado Cardenio la novela y comenzado a leer en ella; y pareciéndole lo mismo que al cura, le rogó que la leyese de modo que todos la oyesen. —Sí leyera —dijo el cura—, si no fuera mejor gastar este tiempo en dormir que en leer. —Harto reposo será para mí —dijo Dorotea— entretener el tiempo oyendo algún cuento, pues aún no tengo el espíritu tan sosegado que me conceda dormir cuando fuera razón. —Pues desa manera —dijo el cura—, quiero leerla, por curiosidad siquiera: quizá tendrá alguna de gusto. Acudió maese Nicolás a rogarle lo mesmo, y Sancho también; lo cual visto del cura, y entendiendo que a todos daría gusto y él le recibiría, dijo: —Pues así es, esténme todos atentos; que la novela comienza desta manera: > _Continúa en Capitulo 33…_
fictograma.com
August 6, 2026 at 11:06 PM
"Don Quijote- XXVI": Don Quijote transforma una venta real en un castillo y a Maritornes (una moza asturiana de aspecto poco agraciado) en una princesa. La realidad (golpes, camas rotas, oscuridad) choca con su imaginación […]
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mastodon.social
July 19, 2026 at 2:20 AM
"Don Quijote- XXVI": Don Quijote transforma una venta real en un castillo y a Maritornes (una moza asturiana de aspecto poco agraciado) en una princesa. La realidad (golpes, camas rotas, oscuridad) choca con su imaginación.
fictograma.com/d/3530-el-in...

#books #literature #writing
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha: Parte I, Capítulo 26
Capítulo XVI De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que él imaginaba ser castillo El ventero, que vio a don Quijote atravesado en el asno,...
fictograma.com
July 19, 2026 at 2:20 AM
Y ojo que en el Quijote tampoco faltan los pasajes dramáticos o serios, como cuando el cautivo cuenta su vuelta de Argel, pero que tiene momentos asimismo descojonantes, como cuando Cervantes dice que Maritornes se pelea con Sancho y dieron lugar "a la pendencia más reñida y jocosa del mundo", creo.
July 17, 2026 at 8:53 PM
+¡No son las gafas con fallo!
-¿No vendréis de algún serrallo?
+Ejem, pues yo soy un hada.
-¿Un hada sois, maritornes?
¡Y yo he de ser hoy el Cid
que os impetra, ahí me oíd!
+¡He de conectar los bornes!
-¡Que era bruja y no una hada
pues es desaparecida!
+¡Hoy sí ha sido una cagada!
3️⃣
July 16, 2026 at 12:05 PM
Honourable mention, my classic babe, Maritornes ♥
June 27, 2026 at 3:08 AM
3. Maritornes
La Leyenda de La Mancha (1998)

youtu.be/qNXE6NOUB5M?...
Mägo de Oz - Maritornes - Letra
YouTube video by Mägo de Oz Lyrics
youtu.be
June 25, 2026 at 10:16 AM
Pasan desapercibidas a veces por los geniales diálogos, pero las descripciones de los personajes (como la de Maritornes) son oro puro.
June 6, 2026 at 8:39 AM
This. THIS. La escena en la que Maritornes se confunde de cama es epiquísima y no puedes dejar de llorar de la risa desde que empieza hasta que termina, pero te lo venden como un libro super serio que no se corresponde con su realidad.
Un problema de que este libro se considere la gran obra maestra de la literatura universal es que nadie te explica que hay un episodio de vómitos y diarrea explosiva digno de una película de los Hermanos Farelly.
April 11, 2026 at 5:53 PM
🌳 Plantación de árboles en Los Molinos hoy domingo 15 de marzo a partir de las 11:00 h en la zona situada entre la avda. Martín Gato y calle Maritornes.

¡Ven con tu familia y amigos!
March 15, 2026 at 7:47 AM
#GETAFE La actividad, que comenzará a las 11:00 horas entre la Avenida Martín Gato y la Calle Maritornes, cuenta con la colaboración de la empresa municipal LYMA y la Asociación Vecinal del barrio www.getafecentral.com/2026/03/13/l...
Los Molinos acoge una plantación colectiva de árboles para impulsar el Plan de Gestión del Arbolado
La actividad, que comenzará a las 11:00 horas entre la Avenida Martín Gato y la Calle Maritornes, cuenta con la colaboración de la empresa municipal LYMA y l
www.getafecentral.com
March 14, 2026 at 11:00 AM
🌳 Plantación de árboles en Los Molinos el próximo domingo 15 de marzo a partir de las 11:00 h en la zona situada entre la avda. Martín Gato y calle Maritornes.

¡Te esperamos!
March 13, 2026 at 9:03 AM
🌳 Plantación de árboles en Los Molinos el próximo domingo 15 de marzo a partir de las 11:00 h en la zona situada entre la avda. Martín Gato y calle Maritornes.

¡Te esperamos!
March 12, 2026 at 7:26 AM
#DonQuijoteGonzo

¡Episodio nuevo!

Se habla de la venta de Juan Palomeque el Zurdo, de lecturas colectivas que dan la vida, de la tensión irresoluble entre ficción e historia, de la pasión loca por la literatura. Y Maritornes is back!

youtu.be/lodOpzQbO3Y
Don Quijote Gonzo 40. La rama audiovisual del blog 'Villanía y placer'
YouTube video by @PersianaJune
youtu.be
January 16, 2026 at 6:49 PM
1- Para sorpresa de exactamente cero mil cero cientas personas... EL QUIJOTE. Tanto su primera parte como la segunda. Obra cumbre de la literatura hispánica y universal por méritos propios. Marcela, Maritornes, Dorotea y el gobernador Sancho se quedan a vivir para siempre en mi corazón.
January 1, 2026 at 2:50 PM
Exitazo absoluto de Kabrönes!!! para rememorar ese hito histórico en Las Ventas perpetuado por Mägo de Oz hace dos décadas metaltrip.com/cronica-exit...
Crónica: Exitazo absoluto de Kabrönes!!! para rememorar ese hito histórico en Las Ventas perpetuado por Mägo de Oz hace dos décadas
En las panaderías del pueblo, alguien cantaba “Maritornes” mientras se amasaba la masa madre hace unos veinte años; en el 2005, mejor dicho. De la misma manera, los institutos estaban repletos de chav...
metaltrip.com
December 29, 2025 at 9:57 PM
Y creo que, para mí, mi top arcos del Quijote son precisamente:

-Marcela y su discurso (Robin Hobb, has leído a Cervantes, yo lo sé, tremendo discurso el de tu Estornino también).
-Dorotea, toda ella.
-La escena descacharrante de la posada y las intervenciones de Maritornes.
-Barataria al completo.
September 27, 2025 at 3:54 PM